Por
Ana Alfageme*
Desde Madrid
Los
voluntarios acompañan a los enfermos hasta el último momento, cuando la muerte
es irreversible.
Cruz
estaba consumida por un tumor y arrasada por los dolores. Había meditado
durante meses sobre la posibilidad de suicidarse. Una voluntaria de la Asociación
para el Derecho a Morir Dignamente (DMD) la acompañó cuando se bebió un
combinado de fármacos que la enferma misma había preparado y que le produjo la
muerte. Aunque tratan de convencerlos de que acudan a otros recursos, DMD
proporciona a sus socios una guía de autoliberación para que, en caso de
enfermedad terminal y sufrimientos insoportables, puedan morir dignamente
(“autoliberarse”). DMD mantiene que es legal aportar esa información.
Especialistas en bioética difieren sobre si es moral o no ofrecerla.
1
Marina y Cruz.
“Después de sorber aquel líquido verdoso que tenía preparado se acomodó en
la cama y me dio las gracias por haber hablado con ella tantas veces; lo habíamos
hecho casi a diario durante más de un año. Me dijo que cuando se hubiera ido
subiera al piso de arriba para admirar las vistas sobre la ciudad, pero que no
me fuera de la casa hasta pasadas ocho horas. Tenía miedo de no morirse. Luego
me pidió que la dejara sola.”
La mujer
que comparte este recuerdo es alta, habladora y de gestos juveniles, pero le
queda poco para cumplir 60 años. La llamaremos Marina, porque su madre, muy
anciana, ignora que su hija suele acompañar a moribundos. Aquella tarde Marina
se sentó en la silla de la cocina, el único sitio donde podía acomodarse. La
casa, muy grande, estaba vacía. Muebles y libros habían sido donados. Sólo
quedaba aquella mujer, Cruz (un nombre también supuesto), y la cama donde
reposaba su pequeño cuerpo ya consumido y deformado. Padecía un cáncer
terminal. La heladera estaba llena de exquisiteces, porque la anfitriona quería
honrar a aquella voz amiga, la de Marina, la voluntaria de la Asociación por el
Derecho a Morir Dignamente (DMD), que la había confortado tantas veces al otro
lado del teléfono. Marina recordó las palabras de Cruz aquella mañana: “Ya
no aguanto más”.
–Desde
la cocina, la oía respirar con tranquilidad, incluso reírse, porque había
citado a una amiga para el día siguiente. Luego noté que se había dormido y
entré a verla. Su cara tenía un gesto relajado, cuando un rato antes no me había
permitido tocarla, porque todo le dolía. Dos horas después, murió.
La escena
descripta ocurrió en 2005. Un año antes, Cruz, una mujer adinerada y culta,
sin parientes, había llamado a la asociación porque deseaba morir. Acababan de
diagnosticarle un tumor muy agresivo que la dejaría vivir pocos meses más.
Marina, que había padecido cáncer hacía unos años, le tomó el teléfono y
le habló de los cuidados paliativos; trató de convencerla de que desistiera.
Luego siguieron conversando. Cruz se hizo socia de DMD y le fue facilitada una
guía que ha editado la asociación de Madrid para quitarse la vida
–autoliberarse, lo llaman– cuando se padece una enfermedad irreversible con
sufrimientos insoportables. Cinco personas, todas asociadas a DMD Madrid y
aquejadas de cánceres terminales o dolencias degenerativas, recurrieron en 2005
a este documento y solicitaron la compañía de voluntarios de la asociación en
el momento de morir. La guía advierte de que “el suicidio es una conducta
impune en España y dar información también lo es”.
2
El último recurso.
La denominada Guía de Autoliberación es un folleto-borrador de ocho páginas
con información muy condensada, “a la que cualquier persona puede acceder en
libros publicados e Internet”, según se asegura en el texto. En ella se dan
pistas concretas para “autoliberarse”. Una de las opciones es mediante
combinaciones de fármacos. El texto sólo se proporciona a los socios de más
de tres meses de antigüedad de DMD Madrid, una asociación con 440 miembros que
aboga por la eutanasia, según fuentes de la propia agrupación. Sólo un 5 por
ciento de los socios son enfermos terminales. La mayoría la constituyen
familiares de personas que han tenido muertes muy duras o quienes militan por la
legalización de la eutanasia.
En 2005,
23 personas acudieron a DMD Madrid con el planteamiento de quitarse la vida.
Cada vez que esto ocurre, tres voluntarios y dos médicos especialistas en
cuidados paliativos se sientan a hablar con el enfermo, según explica César
Caballero, coordinador, en el austero despacho que tiene DMD en el centro de
Madrid. “Le planteamos que el suicidio es el último recurso, que antes hay
que agotar todas las vías disponibles, que es mejor no precipitarse y que
existen maneras de combatir el dolor hasta que llegue la muerte, que son los
cuidados paliativos. Pero si quiere seguir adelante, hablamos del contenido de
la guía y le indicamos cómo conseguir la cantidad de medicación necesaria
para tener una muerte digna”, asegura Caballero. “El enfermo puede recabarla
a través de su médico a lo largo de unos meses.” Sólo cinco personas se
decidieron.
“Queríamos
que nuestros socios tuvieran la tranquilidad de que no estarán desamparados”,
dice. La guía ha sido redactada por médicos y revisada por juristas socios de
DMD.
3
Marina y el olor dulce. “Cuando alguien se convence de que puede morir asistido, adquiere una
tranquilidad que le hace retrasar la muerte. O no querer morirse”, dice
Marina.
Entre el
80 y el 90 por ciento de quienes desean autoliberarse pospone el momento de la
muerte una vez que es asesorado. Y la mitad de los que hacen acopio de la
medicación no la utiliza nunca, según datos de DMD Madrid. Marina, que trabaja
con marginados, también se acercó a DMD hace ocho años porque pensaba que le
quedaba poco tiempo. Le habían hallado una metástasis. Desde que un amigo
falleciera de sida, desesperado junto a ella, ha acompañado en la muerte a unas
60 personas, la mayoría pacientes del síndrome.
–Yo les
acaricio la frente, el pelo, las cejas, porque a mí me gusta que me toquen las
cejas –dice. Y se pasa sus dedos largos por encima de unos ojos oscuros y
despiertos.
–Les
digo: no te resistas, no pongas barreras, conmigo aquí no puede pasar nada
–agrega–. Aunque estén sedados les sigo hablando, y les cambia la cara. He
conseguido que mueran con paz. Me he sentido bien cuando he acompañado en la
autoliberación. Pensaba en mi propia muerte y me decía: ojalá yo pudiera irme
así.
Cuando
Marina dice que reconoce el momento en que llega la muerte, su expresión se
dulcifica.
–Primero
noto el olor, es un olor dulce.
4
La llave de la vida.
Caballero prosigue: “Están tranquilos teniendo los fármacos en su mesita de
noche. Al poseer la llave de su propia vida y saberse dueños de su destino, a
veces no llegan a usarlos nunca”.
El texto
recoge las cantidades letales de seis fármacos –sólo uno se puede conseguir
sin receta médica– y el mecanismo por el que actúan. La guía fue elaborada
en abril de 2005 y se basa en la traducción de un documento de 62 páginas de
la Sociedad Escocesa de Eutanasia Voluntaria (VESS) que DMD editó en 1993. Pero
era demasiado larga y compleja, aseguran. Hace un mes y medio ha sido revisada
para añadirle dos fármacos más y tres cócteles. “Los pacientes deben tener
suficiente autonomía como para quitarse la vida ellos mismos, poder realizar el
acto físico de administrarse los medicamentos –asegura Caballero–, porque
nosotros no podemos ayudarles, podría ser punible.”
La guía,
que se ha enviado a las otras sedes de DMD (Asturias, Cataluña, País Vasco y
Galicia), comienza definiendo el término autoliberación: “Es el suicidio en
las circunstancias en las que se justifica la eutanasia: enfermedad terminal o
irreversible que causa un sufrimiento insoportablepara la persona que lo padece,
por una decisión libre, reflexiva y madura, con la voluntad inequívoca de
morir como último recurso para poner fin ella misma (autoliberarse) a ese
sufrimiento”.
Se
especifica que la autoliberación “no es un acto irreflexivo que obedece a un
impulso o a una situación social, económica o emocional por muy desastrosa que
sea, sino una opción meditada que el individuo toma en libertad”. También
advierte de que la depresión no es motivo para quitarse la vida. “La depresión
puede ser reversible; el suicidio, no.”
La guía,
que incluye direcciones de interés y enlaces web, informa sobre cómo preparar
los fármacos, lo que no se debe hacer –“es muy importante que no haya
interrupciones, visitas imprevistas”–, o el tiempo necesario para evitar la
reanimación: “Tan importante como el método elegido es el plan a
desarrollar: cuándo, dónde, con quién, qué hacer si algo falla, notas al
juez y a los seres queridos, quién encontrará el cuerpo y, sobre todo, el período
de tiempo necesario para evitar la reanimación posterior, que ha de ser de 8 a
12 horas”.
Aconseja
enviar a los seres queridos “cartas o testimonios que expliquen los motivos y
muestren agradecimiento hacia esas personas que disminuyan los sentimientos de
culpabilidad que pudieran surgir”, dice literalmente. También sobre la
posibilidad de mantenerlo en secreto: “Algunas personas desean que su suicidio
pase desapercibido y su muerte parezca una muerte natural consecuencia de la
enfermedad, manteniendo en este caso en secreto su voluntad y omitiendo cartas y
testimonios”.
La última
página es un modelo de una carta dirigida al juez de turno, en el que se expone
la situación de “enfermedad incurable” y se declara que para tomar esa
decisión “seria, serena e inequívoca” no ha sido inducido por ninguna
persona. “Mi objetivo ha sido morir de forma digna y responsable, eximiendo a
cualquier otro individuo”, concluye la carta, que ha de ser depositada en el
buzón “la noche anterior” o “por su acompañante cuando todo haya
acabado”, si no es probable que encuentren el cadáver en las próximas 24
horas.
5
Marina y Eva.
“El día de su muerte, Eva fue a la peluquería para cortarse el pelo a la última
moda y hacerse la manicura y la pedicura. En las uñas de los pies le pintaron
unas florecitas. Luego encargó a un restaurante que le subieran comida para
cinco y cenó cuatro veces, cada una con una persona. La última fui yo.”
Marina
recuerda ahora que Eva, la otra mujer a la que ha acompañado en su autoliberación,
con una terrible enfermedad degenerativa, la recibió en la puerta, muy
arreglada, le dio unos guantes y le dijo que se los quitara cuando se fuera de
su casa.
–Comimos
jamón pata negra. Bebimos buen vino y mejor champán. Yo me resistía. Y ella:
“Tranquila, mientras yo me muero, tú duermes la borrachera”. Cuando
acabamos, se tomó la medicación y protestó en broma de lo mal que sabía en
comparación con el cava. Me consultó sobre el camisón que se iba a poner y se
tumbó sobre la cama, sin taparse, porque quería que se le vieran las uñas de
los pies. Me dio dos besos y le tomé la mano. Le hablaba para tranquilizarla.
Temía vomitar, pero se durmió muy rápido.
Horas
después, Marina salió de la casa con un libro, un disco de música de relajación
–regalos de Eva– y una carta para el juez que echó en el primer buzón.
* De
El País de Madrid. Especial para Página/12.
Fuente:
Diario «Página 12», Sección “Sociedad”, 27 de febrero de 2006.
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