Eutanasia: ¿muerte digna o crimen?

Sólo Holanda y Bélgica permiten la eutanasia activa. 29 organizaciones a nivel mundial promueven su legalización. La polémica se abarca desde distintos sectores.

31.03.2008

 

¿Qué es?

Consiste en acelerar el momento de la muerte de una persona que padece una enfermedad incurable para aliviar su sufrimiento. Puede ser activa ( provocar una muerte indolora por pedido del enfermo con substancias mortíferas) o pasiva ( dejar de tratar una complicación o de alimentar por vía parenteral u otra al enfermo).

DISTINTOS ENFOQUES

El paciente que va a morir
*Lía Ricón, médica, psicoanalista y coordinadora docente del Instituto de Neurociencias de Buenos Aires (INEBA).

“Ayudar a quien tiene un límite de vida puede plantearse desde diversas perspectivas. La más a mano es la ayuda religiosa que supone una vida trascendente. Ésta es patrimonio de los ministros religiosos que trabajan con esa categoría de sostén. La propuesta que podemos hacer los profesionales de la salud, prescinde de esta categoría. Nuestra perspectiva no apunta a la vida trascendente sino al tiempo que resta de vida en este mundo. Ante el paciente que va a morir se nos plantea entonces la posibilidad de implementar distintas conductas. Pero no hay un procedimiento estándar. A modo de orientación es imprescindible considerar cuatro factores:

1. Tiempo supuesto de sobrevida en las condiciones reales.
2. Nivel de autoconocimiento corporal.
3. Defensas prevalentes de su personalidad.
4. Semiología general de la situación.

En algún sentido los profesionales de salud podemos decir que nuestra religión privada es evitar el sufrimiento. El problema es que no somos dueños de la vida, ni de las creencias religiosas de la gente. La decisión de un procedimiento de este tipo corresponde al tratamiento del tema por un equipo que tenga en cuenta el sufrimiento del paciente, su ideología religiosa, la de la familia del paciente y las implicancias legales.”

La voz del Vaticano

A fines de febrero de 2008, la Santa Sede aseguró que el paciente terminal “no sólo tiene el derecho de rechazar el encarnizamiento terapéutico” sino que además en algunos casos “es un deber” negarse a esos excesos, ya que ello “no constituye de por sí una forma de eutanasia”.

“Debemos tratar de ser responsables de nuestra muerte”
*Andrés Rascosky, psicoanalista y miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina.

La relación con la muerte se torna compleja y si bien nuestro horizonte cultural y científico ratifica la extinción del cuerpo y del aparato psíquico cuando este pierde su sostén orgánico en cada grupo familiar existen estrategias de tradición y rituales que morigeran la Gran Verdad y que acompañan y dosifican paulatinamente lo tolerable para una lenta aceptación y realización del duelo. Considerando la vulnerabilidad y el desamparo que los hombres padecemos, la eutanasia como posibilidad de morir por propia determinación requiere de una evaluación muy singular y no generalizable. Nosotros los médicos y los psicoterapeutas sabemos del padecimiento personal y familiar que implica la agonía prolongada de una muerte que no llega y de las implicancias de la muerte psíquica e irreversible cuando solo persiste el cuerpo biológico; o de los estados de deterioro y formas de padecer donde la condición de pre-muerte o de estar en las puertas de la extinción se prolonga trasformándose en un sufrimiento traumático y desgarrador para el paciente y para su familia. Procesos que ninguno de nosotros en plena lucidez aceptaría, Freud mismo solicitó a su médico personal que llegado el momento donde ya no tuviese sentido insistir, lo ayudase en el pasaje a lo inorgánico. Uno morirá y debemos aceptarlo, quizás ello incluya una forma de planificación de la muerte que sea un aporte a la vida, a la propia y a la del grupo familiar para que la muerte no extienda sus dominios y cause un daño en sufrimiento o traumático aun mayor a aquellos que amamos. Tratamos de ser responsables de nuestra vida debemos tratar de ser responsables de nuestra muerte..

La ética de Cristo
*Armando García Querol, médico y profesor invitado del Magister de Bioética de la UCA.

Para una comunidad es un desafío humanizar las circunstancias en las que se transita la última etapa de la vida. Ello significa responder a las necesidades del paciente y la familia en cuanto a disminuir el sufrimiento, comprender el momento y dar tratamiento digno a la condición de persona. Y es preciso tener en cuenta la percepción de los valores que el paciente profesa. Se trata de proteger y respetar la vida débil y el conocimiento de los límites de las intervenciones. Respetar los límites y acompañar bien en estas circunstancias no tiene que ver con provocar la muerte. Como miembro de una institución (Hospice San Camilo) que da una respuesta humanizadora de la cultura hacia el mundo de la salud, respondo al mandato ético que Cristo nos dejara al decir “Lo que hicisteis con el más humilde de mis hermanos, conmigo lo hicisteis”.

La medicalización de la vida
*Ignacio Maglio, abogado y jefe de la sección Riesgo Médico-Legal del Hospital Muñiz.

“El morir y la muerte durante milenios fueron considerados estados propios de la condición humana; morir en casa rodeado de afecto era el escenario preferido para el final de la vida. El proceso natural del morir se viene transformando en un asunto médico; este proceso de apropiación se denomina “medicalización de la vida”.

Más recientemente, para poder ejercer el derecho a decidir en los finales de la vida y poner límites al “encarnizamiento terapéutico” se comienza a “judicializar” el morir. Decisiones personales en manos médicas y actos médicos resueltos por jueces. La hospitalización del morir transcurre en soledad, en ausencia de afectos y con la omnipresencia de la parafernalia tecnológica deshumanizante. La sobreatención médica puede ser rechazada a través de directivas anticipadas o testamentos vitales; estos instrumentos permiten expresar el deseo de no ingresar a salas de internación de cuidados intensivos, o rechazar tratamientos desproporcionados o extraordinarios. Las herramientas legales disponibles permiten respetar la negativa al tratamiento, desde hace más de treinta años la ley de ejercicio profesional establece la obligación de “respetar la voluntad del paciente en cuanto sea negativa a tratarse o internarse…”. Normas fundamentales establecen también el respeto por las decisiones en la que está en juego la disposición del propio cuerpo, la intimidad y privacidad. Las directivas anticipadas y testamentos vitales tienen validez legal, aún así, quizás sea necesario un marco normativo que permita despejar la incertidumbre y el miedo; en tal sentido sería bienvenida una norma de alcance general que imite el ejemplo rionegrino, única referencia legislativa en la materia. El derecho que se pone en juego es a la no-intervención, no un derecho a la muerte, es un derecho a permitir morir, y no un derecho a morir. En palabras simples y sabias del gallego Sampedro, “La vida no es una obligación, es un derecho”

Distinciones
*Julieta Manterola, licenciada en Filosofía y becaria de CONICET

Se pueden distinguir tres prácticas distintas que suelen confundirse en los debates sobre eutanasia:

1. Suicidio asistido: el paciente solicita a un tercero (un médico) que le prescriba una dosis letal. En estos casos, el paciente es quien provoca su muerte. Esto era lo que solicitaba Chantal Sébire, una mujer francesa que padecía un tumor nasal que le producía fuertes dolores.

2. Eutanasia: el paciente solicita a un tercero (un médico) que le administre una dosis letal. En estos casos, el médico es quien provoca la muerte del paciente.

3. Rechazo de tratamiento: el paciente solicita a un tercero (un médico) que no le administre o que le discontinúe un tratamiento o procedimiento que mantiene o prolonga su vida. Éste era el caso de Inmaculada Echeverría, una mujer española que padecía distrofia muscular y que solicitaba que se le desconectara el respirador artificial.

El rechazo de tratamiento es un derecho y no debería requerir leyes especiales. Los tratamientos y procedimientos médicos no son compulsivos ni obligatorios. Nadie está obligado a someterse a una operación que no desea, a seguir un tratamiento médico determinado o a aceptar una medida de soporte vital que rechaza (como el respirador artificial). Cuando el paciente está consciente, su voz debe ser escuchada y sus decisiones deben ser respetadas. Cuando no está consciente, debe ser escuchada la voz de sus familiares y allegados. En última instancia, debe decidir el equipo de salud. El suicidio asistido y la eutanasia son prácticas cuyos efectos (la muerte) recaen solamente sobre el paciente que las solicita. Son prácticas que no dañan a terceros. Por lo tanto, no deberían estar prohibidas y debería ser posible realizarlas de acuerdo con una legislación adecuada.

Es un derecho humano
* Ricardo Villanueva, presidente de la AI Médicos Progresistas

Entendemos que la eutanasia voluntaria es un derecho humano que debe entenderse y contemplarse dentro del marco de la libertad individual. La vida de un individuo no es de propiedad social sino personal, así que sólo a cada uno -en uso de su plena capacidad psicológica y jurídica- compete decidir qué hacer con ella. Si la dignidad es una cualidad inherente a la vida, con más razón debe serlo en el entorno de la muerte, por lo tanto el respeto a la dignidad del ser humano exige el respeto a la libertad de cada individuo para decidir sobre su vida y sobre la forma de finalizarla.

En la AI Médicos Progresistas creemos que toda persona que sufre una enfermedad irreversible o incurable debe tener acceso a los recursos asistenciales necesarios para aliviar su sufrimiento y su dolor, especialmente a los cuidados paliativos o al procedimiento de eutanasia. La eutanasia o acortamiento voluntario de la vida de quien sufre una enfermedad incurable para poner fin a sus sufrimientos es un derecho humano fundamental que todo estado laico, plural y democrático debe garantizar. En la AI Médicos Progresistas solicitamos y promovemos a nivel internacional la aprobación de leyes y normativas encaminada a la despenalización de la eutanasia con los debidos y necesarios controles legales garantizándose de esta forma el respeto a la libertad y el derecho a morir con dignidad del ser humano dentro de marcos jurídicos legales de protección de los derechos del paciente como de los sanatorios relacionados con los procedimientos que se derivasen de la eutanasia. En opinión de la AI Médicos Progresistas la legislación Holandesa es por el momento la que mejor recoge y precisa los procedimientos de eutanasia.

“Un médico nunca puede ser un verdugo”
*Roberto Castellano, presidente de PRO Vida

Estamos a favor de los derechos humanos, el primero es el derecho a la vida.

Defendemos la bioética personalista. Nadie tiene autoridad para decidir por uno. Lo importante de la medicina es el cuidado de la vida y nunca tener a la muerte como solución. Los médicos tienen tres tareas básicas: prevenir la enfermedad, curar la enfermedad y aliviar el sufrimiento.

Un médico nunca puede ser un verdugo. No se puede entrar en el relativismo moral, de que el paciente puede decidir. No todo deseo se transforma en un derecho. Atrás de la eutanasia existe un negocio enorme que es el de la medicina prepaga. Muchas veces la eutanasia es un modo de sacarse de encima personas mayores o con enfermedades terminales porque son generadores de gasto. Esto una perversión cultural.

Permitir morir
*Carlos Gherardi, autor del libro Vida y muerte en terapia intensiva

Desde la segunda mitad del siglo veinte la medicina recibió el impacto del progreso científico que en la asistencia significó la alta complejidad clínica y quirúrgica, los trasplantes y la continua incorporación de procedimientos diagnósticos y terapéuticos en el escenario de las salas de terapia intensiva. Este avance extraordinario que ayudó en la última centuria a aumentar treinta años el promedio de vida no está libre, sin embargo, del problema ético central constituido por si debe hacerse siempre todo lo que se puede. Este imperativo tecnológico, que en ese tema implica la aplicación inadecuada de soportes vitales (respiradores, diálisis, nutrición) que pueden prolongar la vida por tiempos impensados y llevar a la cruel promesa de no morir, han conducido a un constante aumento de pacientes con sufrimiento interminable y compleja invalidez, a severos trastornos cognitivos y a mayores estados vegetativos.

Frecuentemente, la reflexión ausente en la medicina, que no siempre quiere explicar, y en una sociedad impregnada por la soberbia tecnocientífica, que privilegia los medios por sobre los fines, se olvida que permitir morir con dignidad, implica admitir el vínculo entre el soporte vital y la muerte, no aplicándolo o retirándolo en situaciones irreversibles donde sólo la medicina paliativa ayudará al buen morir. Hace cuarenta años la muerte encefálica, impulsada y convenida por los hombres, fue la primer respuesta al imperativo tecnológico, para convenir el cese de la respiración mecánica y permitir los trasplantes. Ahora queda un largo camino por recorrer para no usar o retirar soportes vitales en quienes con sufrimiento, aislamiento y desfiguración sólo mantienen una vida biológica sin sentido o cuando se han perdido los atributos que califican a la persona. Nada de esto tiene que ver con la eutanasia que es la muerte solicitada por un paciente con una enfermedad terminal, que será provocada por un tercero con la administración de un tóxico o droga en dosis letal.


Fuente: Diario «Crítica de Argentina», 31 de marzo de 2008.

 

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