Peter Singer. PROFESOR DE BIOETICA, UNIVERSIDAD DE
PRINCETON.
Se ha predicho que el consumo mundial de
carne se duplicará para el año 2020. Sin embargo, en Europa y América del
Norte existe una creciente preocupación sobre la ética de cómo se producen
la carne y los huevos. El consumo de ternera ha caído drásticamente desde
que se conoció que para producir la así llamada ternera "blanca" (en
realidad, rosa pálido), las crías recién nacidas son separadas de sus madres,
se las vuelve anémicas, se les niega el acceso a forraje y se las mantiene en
establos tan estrechos que no pueden caminar.
En Europa, la enfermedad de la vaca loca dejó
impactada a mucha gente, no sólo porque hizo pedazos la imagen de la carne
de vacuno como un alimento sano y seguro, sino porque se supo que la causa
de la enfermedad fue la práctica de dar como alimento sesos y tejido nervioso
de ovejas al ganado vacuno. Quienes ingenuamente creían que las vacas comían
pasto descubrieron que el ganado vacuno obligado a comer en lotes de alimentación
come desde maíz hasta pescado, residuos de pollo (incluidos sus excrementos)
y desechos de los mataderos.
La preocupación sobre cómo tratamos a los animales está
lejos de limitarse al pequeño porcentaje de personas que son vegetarianas. A
pesar de los sólidos argumentos éticos del vegetarianismo, todavía no es una
posición generalizada. Más común es la opinión de que se justifica comer
carne, siempre y cuando los animales tengan una vida decente antes de que se los
mate.
El problema, como Jim Mason y yo lo describimos en nuestro
reciente libro "The Way We Eat" (El modo como comemos), es que la
agricultura industrial niega a los animales incluso una vida mínimamente
decente. Decenas de miles de millones de pollos producidos en la actualidad
nunca salen al aire libre. Se los cría para que tengan apetitos voraces y
engorden lo más rápido posible, y luego se los coloca en cobertizos que pueden
contener más de 20.000 aves. El nivel de amoníaco de sus excrementos
acumulados hace el aire tan alcalino que provoca picazón en los ojos y daña
los pulmones. Cuando se los mata, con apenas 45 días de vida, sus huesos poco
desarrollados apenas pueden soportar el peso de sus cuerpos. Algunos caen y
mueren al poco tiempo, incapaces de lograr acceso a los alimentos o el agua; su
destino es irrelevante para la economía de la empresa.
Las condiciones son peores (si es posible imaginarlo) para las gallinas
ponedoras, embutidas en jaulas de alambre tan pequeñas
que incluso si hubiera una por jaula sería incapaz de estirar las alas. Pero
por lo general hay al menos cuatro gallinas por jaula, y a menudo más. En
condiciones tan atestadas, lo más probable es que las aves más agresivas
terminen matando a picotazos a las gallinas más débiles de la jaula. Para
evitar esto, los productores cortan los picos de las aves con una cuchilla
caliente. El pico de las gallinas está lleno de tejido nervioso, pero no se
usan anestésicos ni analgésicos para aliviar su dolor.
Es probable que los cerdos sean los animales más
inteligentes y sensibles que comemos normalmente. Al buscar forraje en un
pueblo rural, pueden ejercitar esa inteligencia y explorar el ambiente. Antes de
parir, las puercas usan paja u hojas y ramitas para construir un nido cómodo y
seguro en el que cuidar a sus lechones.
Sin embargo, en las granjas industriales de hoy las
puercas preñadas son mantenidas en cajas tan estrechas que no pueden darse
vuelta o caminar más de un paso hacia adelante o atrás. Yacen sobre
concreto, sin paja, hojas ni ninguna otra forma de lecho para sus crías. Los
lechones les son arrebatados lo antes posible, para que puedan quedar preñadas
nuevamente; su destino es no salir nunca del cobertizo, excepto para ser
llevadas al matadero.
Los defensores de estos métodos de producción
argumentan que son una respuesta lamentable pero necesaria a la demanda de
alimentos de una población en crecimiento. Por el contrario, cuando confinamos
animales en granjas industriales, tenemos que producir alimentos para ellos. Los
animales queman la mayor parte de esa energía de los alimentos en el proceso de
respirar y mantener tibios sus cuerpos, de modo que a nosotros nos llega una
pequeña fracción —no más de un tercio, y a veces hasta un décimo— del
valor nutritivo con que los alimentamos. En contraste, las vacas que pastan
consumen un alimento que nosotros no podemos digerir, lo que significa que son
un aporte a la cantidad de alimentos a nuestra disposición.
Es trágico el hecho de que países como China e India, a
medida que se vuelven más prósperos, estén copiando los métodos occidentales
y poniendo a los animales en enormes granjas industriales para suministrar más
carne y huevos a sus crecientes clases medias. Si esto continúa, el resultado
será un sufrimiento animal a una escala incluso mayor que la que hoy existe
en Occidente, así como más daño al medio ambiente y un aumento en las
enfermedades cardíacas y los casos de cáncer en el sistema digestivo. También
será un sistema enormemente ineficiente. Como consumidores, tenemos el poder
—y la obligación moral— de negarnos a apoyar métodos agropecuarios crueles
con los animales y perjudiciales para nosotros.
Copyright Clarín y Project Syndicate, 2006.
Fuente: Diario «Clarín», Suplemento “Zona”, 18 de junio de 2006.
.![]()