Vientre en alquiler

 

Por un momento pareció que podía abrírsele un frente impensado a Guillermo Moreno en su preocupación por el mercado de alquileres. Sin embargo, puede descansar tranquilo: en algunas áreas la sobreoferta mantendrá los precios en línea. Es el caso del hombre que publicó aquel aviso en un diario cordobés, que decía: "Busco vientre en alquiler / para dar un hijo. Mujer bonita de 18 a 28 años". Como respuesta a su pedido recibió 600 e-mails de interesadas potenciales. Tanto como la propuesta en sí, impacta el alto volumen de la respuesta.

Se trata de un clásico contrato capital-industria aplicado a la maternidad, aunque por ahora pareciera que falta capital y sobra industria para este tipo de asociación impensada, lo cual potencialmente deprime los precios de los niños por nacer. Por el momento es alquiler. Pero, si esta cuestión comienza a empaparse de las leyes de mercado, no pasará mucho tiempo antes de que los eventuales oferentes soliciten este tipo particular de monoambiente en leasing o compra, dado que pagar un alquiler nos descapitaliza. Hasta podría pensarse en darle escala: ¿por qué no una compañía genética de real-estate que comercialice a terceros el producto, en boca de pozo?

Sin embargo, más allá de lo pintoresco, ¿debe leerse esta propuesta de transacción comercial como un acto de impudicia, como un asesinato de la ilusión, como una declaración de impotencia afectiva, como una confesión de soledad, como un acto de secreta desesperación, o como una combinación de todo ello? ¿O se trata de un ejemplo más de la manipulación del mundo, que además del alquiler de vientres pronto hará posible elegir las capacidades, el sexo, los colores y las cualidades de los niños por nacer, como si fueran adicionales de un auto?

El mundo está gobernado por la secreta aspiración de limpiar los aspectos indeseables del ser humano, todas las "imperfecciones" de la existencia, como los genes criminales, las enfermedades, la vejez y la muerte misma. El hombre se ha puesto a manipular y rediseñar un nuevo contrato con la existencia, y tal vez esté dispuesto a perder todo vestigio de sí en esa operación. Y en un contexto en el que los términos primarios del intercambio son los de la producción y el consumo, emergen tanto el sueño de producirse a sí mismo como el sueño de consumirse a sí mismo, como un producto más.

Por Enrique Valiente Noailles
Para LA NACION

evnoailles@yahoo.com.ar

 

Fuente: Diario «La Nación», Sección “Enfoques”, 20 de Agosto de 2006. 

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