La intervención tecnológica debe encontrar límites en la decisión autónoma de cada paciente o de quienes mejor conozcan su pensamiento.
Por: Carlos Gherardi
Ya es
habitual que conozcamos por la información periodística innumerables casos que
plantean como conflicto central diversos aspectos relacionados con el fin de
la vida y donde siempre la muerte está vinculada con acciones que la provocan
o la permiten.
Hay tres cuestiones que conviene precisar. En primer término lo más importante
es saber que la difusión pública de los casos es sólo la expresión mínima de
una situación cotidiana que ya está instalada desde hace décadas en la
sociedad.
En segundo lugar hay un importante reconocimiento que debe tenerse claro y es
que se trata de un problema de toda la sociedad y no de la medicina.
Finalmente, no es bueno creer que la solución se encontrará, en cada país, con
la más refinada técnica legislativa o la mejor decisión judicial.
La discusión de cómo vivir y cómo morir se instaló para siempre y con
extensión creciente en la segunda mitad del siglo XX por el reconocimiento del
ejercicio pleno de la autonomía de los pacientes para decidir sobre sus vidas
y en medio de una época signada por el progreso tecnocientífico de la
medicina.
En el ejercicio del nuevo derecho apareció la calidad de vida por delante de
la cantidad de días o años por vivir y el dato biográfico de la persona deberá
prevalecer por sobre el número biológico que registra la ciencia. En la
creación inconsciente e insensible del mantenimiento de una vida biológica en
situaciones clínicas claramente irreversibles la medicina deberá recordar que
su meta no es evitar la muerte, sino ayudar al buen vivir y al buen morir.
Pero aquí el imperativo tecnocientífico que domina a la sociedad promueve un
agravamiento de la producción de esta situación clínica y un aumento en el
ejercicio de este nuevo derecho. El imperativo de hacer todo lo posible no
encuentra límites y nos lleva a una medicina de medios y no de fines.
La medicina lo ofrece y la sociedad lo compra porque muchas veces es instada a
ejercer la elección en virtud de una autonomía equivocada que es víctima y
consecuencia de la progresiva ausencia de una decisión médica indispensable.
Y así las cosas el paciente puede ejercer libremente un rechazo al tratamiento
cuando su conciencia se lo permite y negarse a ser sometido a nuevas acciones
médicas aunque con tal decisión pueda efectivamente perder la vida.
Pero cuando no puede ejercer su autonomía porque la ha perdido por la
naturaleza de enfermedad o por las acciones sucesivas que se han emprendido
para salvarlo (estados vegetativos o irreversibles), no se puede invocar el
ejercicio de aquello que se ha perdido.
La vida es sagrada para todos, mas allá de la creencia religiosa, aunque sólo
sea por el milagro de vivirla. Lo sagrado de la vida de un hombre sólo puede
ser determinado por ese mismo hombre, según lo que Dworkin ha llamado sus
intereses críticos. En estos casos el sentido de su vida estaría dado por la
elección de su propia muerte. Sería razonable que si no pudiera hacerlo y no
lo hubiera dispuesto antes, lo hicieran por él quienes mejor conocieran su
persona y sus valores.
La vida será siendo sagrada, pero su comienzo y su final han sido invadidos
por la técnica que los hombres han creado en nombre del progreso y que ahora
tenemos que administrar.
Fuente: Diario «Clarín», Sección Opinión, 10 de marzo de 2010.
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