Junto a la modificación de la relación de las personas con el mundo externo, es necesario atender políticamente los daños a esferas vitales.
Por: Edgar Morin
Filosofo (Centro de Investigación Científica de Francia)
Toda política ecológica tiene dos caras, una que mira hacia la naturaleza y otra
hacia la sociedad. Por eso la política que aspira a sustituir las energías
contaminantes por energías limpias es al mismo tiempo un aspecto de una política
de salud y calidad de vida. Esa política de ahorro es al mismo tiempo un aspecto
de una política que evita los derroches y que lucha contra las intoxicaciones
consumistas de las clases medias. La política que pone un freno a la agricultura
y la ganadería industrializadas, y descontamina las napas freáticas, desintoxica
la alimentación animal viciada de hormonas y antibióticos, y la alimentación
vegetal impregnada de pesticidas y herbicidas, sería al una política de calidad
de los alimentos y calidad de vida. La política destinada a descontaminar las
ciudades, rodeándolas de un cinturón de estacionamientos, desarrollando los
transportes públicos eléctricos, contribuiría a una re-humanización de las
ciudades e implicaría reintroducir la mezcla social suprimiendo los guetos,
incluidos los guetos de lujo.
También hay algo más profundo, que todavía no aparece en ningún programa
político: es la necesidad de cambiar nuestras vidas, no solamente en el sentido
de la sobriedad, sino sobre todo en el sentido de la calidad y la poesía de la
vida. Pero esta cara todavía no está suficientemente desarrollada en la ecología
política. Ante todo, no ha asimilado el mensaje ¿ formulado en la misma época
que el mensaje ecológico a comienzos de los años 1970- de Ivan Illich. Éste
había formulado una crítica de nuestra civilización, mostrando hasta qué punto
los progresos del bienestar material eran acompañados por un malestar psíquico,
de qué manera la especialización excesiva en la educación o la medicina producía
nuevas cegueras y cuán necesario era regenerar las relaciones humanas en lo que
él llamaba la buena convivencia. Pero mientras el mensaje ecológico penetraba
lentamente en la conciencia política, el mensaje illichiano quedaba confinado.
Las degradaciones del mundo exterior fueron volviéndose cada vez más visibles
mientras que las degradaciones psíquicas parecían depender de la vida privada y
permanecían invisibles a la conciencia política. El malestar psíquico dependía y
depende aún de somníferos, antidepresivos, psicoterapias, psicoanálisis, gurús,
pero no es percibido como un efecto de la civilización.
El cálculo aplicado a todos los aspectos de la vida humana oculta lo que no
puede calcularse, o sea, el sufrimiento, la felicidad, la alegría, el amor, en
suma, lo que es importante en nuestras vidas y que parece extra-social,
puramente personal. Todas las soluciones contempladas son cuantitativas:
crecimiento económico, crecimiento del PBI. ¿En qué momento la política tomará
en consideración la inmensa necesidad de amor de la especie humana perdida en el
cosmos?
Traducción de Cristina Sardoy. Copyright Le Monde y Clarín, 2009.
Fuente: Diario «Clarín», Sección “Opinión”, 08 de septiembre de 2009.
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