“Problemas
éticos en el dosaje del Antígeno Prostático Específico (A.P.E.)
Comité
de Ética, Hospital Privado de Comunidad.
Mar
del Plata, enero del año 2002.
El
dosaje anual del Antígeno Prostático Específico (A.P.E.; en inglés Prostatic Specific
Antigen, P.S.A.), junto con el tacto rectal, han venido siendo recomendados a
nivel internacional, sobre todo en los EE.UU, para todos
los varones de más de 50 años de edad –es decir, “screening”,
rastreo, en castellano-, y más tempranamente para poblaciones especiales, como
los hombres de raza negra y
aquellos con familiares directos que hayan padecido cáncer de próstata
-porque esto aumenta el riesgo de padecerlo-. Esta recomendación se ha
hecho a nivel poblacional, lo que ha determinado que muchos pacientes soliciten
a sus médicos o a los especialistas (sobre todo, urólogos), información al
respecto o, directamente, la realización de los exámenes.
Sin embargo, diferentes sociedades científicas –aún
aquellas que promocionan el
“screening”- se han pronunciado en el sentido de que este es un tema a ser
discutido por los médicos con sus pacientes a nivel individual, explicándoles
riesgos y beneficios de la cadena de acciones que se ponen en marcha desde el
primer dosaje del A.P.E (sea que éste resulte normal o anormal), de las que el
paciente probablemente no se
desligue mientras viva.
El
análisis se inscribe en una larga lista de intentos de anticipar el diagnóstico
de la enfermedad, el cáncer más frecuente en los varones estadounidenses
si se exceptúa el de piel, (en la Argentina, no sabemos; no hay aún
registros poblacionales, aunque se está trabajando en eso) con la presunción de mejorar los resultados de su
tratamiento mediante un diagnóstico más temprano.
Entre
las estrategias posibles para mejorar el diagnóstico, se ha ido estandarizando
que el “screening”, que incluye el tacto rectal y el dosaje del A.P.E., debe
repetirse cada uno a tres años según las circunstancias, a la población de
riesgo. Que si alguno de los resultados es anormal, debe hacerse una ecografía
transrectal y, de mantenerse la
sospecha, una biopsia, también por vía transrectal; en caso de
encontrar cáncer, estadificarlo clínicamente para proponer un
tratamiento apropiado, que variará entre
la cirugía radical y la radioterapia para los tumores localizados, la
manipulación hormonal y también la quimioterapia para los diseminados, y la
observación clínica, para casos seleccionados en cualquiera de los estadios.
Efectivamente, con el “screening” hecho de esa
manera se logran diagnósticos más
precoces de cáncer de próstata.
Pero este accionar ha resultado conflictivo desde el
punto de vista ético, por dos razones:
1) No se ha demostrado que esto afecte la mortalidad
por cáncer de próstata. Es decir: si bien es cierto que la mortalidad por cáncer
de próstata se ha reducido en la década
del noventa -que es desde cuando se
implementó el “screening” y sus acciones subsecuentes, especialmente en
EE.UU-, se ha reducido más o menos al mismo ritmo (un 2.5% anual) en países
que no han hecho “screening” o
casi, porque no lo han promocionado
(p.e. Suecia), o porque lo han desalentado (p.e. Reino Unido). Esto hace pensar
que esa reducción de la mortalidad ha sido independiente del “screening”.
2) Todos los
pasos diagnósticos tienen sus falsos positivos y negativos; la biopsia, además,
efectos secundarios indeseables, y los tratamientos radicales ocasionan muchos
efectos secundarios, algunos de gravedad,
que habrá que ponderar, como balance carga/beneficio,
con los síntomas de la enfermedad (morbilidad), que se pretende evitar.
En definitiva, la indicación del “screening”
resulta controversial, porque no ha sido el factor determinante de la
reducción de la mortalidad, y por sí mismo produce morbilidad.
Pareciera que estos resultados tienen que ver con
aspectos biológicos del cáncer de próstata
insuficientemente conocidos aún. En realidad se trataría de un espectro
de enfermedades de diferente comportamiento. Los estudios que pretenden aclarar
estos aspectos no bien conocidos, estarán concluidos a partir del año 2004.
El Comité de Ética del Hospital Privado de
Comunidad de Mar del Plata se ha hecho eco, como lo marca su Reglamento, de la
inquietud de algunos de sus miembros sobre este tema, y lo ha venido trabajando,
con la asistencia técnica de expertos, y de médicos de las especialidades que
más reciben el requerimiento de los pacientes. Después de más de un año de
labor, el Comité se considera en condiciones de proponer una solución que,
atenta a los principios bioéticos, procura aumentar la participación de los
propios pacientes para esta situación. Esta participación, siempre importante,
lo es más en este caso, ejemplo de proceso
de toma de decisiones difíciles,
ya que ante datos científicos no concluyentes, forzosamente deben cobrar
más importancia los valores y preferencias de los pacientes individuales
convenientemente informados.
La propuesta es, entonces, la participación activa de los propios implicados en la toma
de decisiones, a través de un honesto proceso de Consentimiento Informado.
Este trabajo desarrolla la fundamentación de las
aseveraciones precedentes, y termina con un borrador de “Hoja de Información
para el paciente” para
ayudar en el proceso de Consentimiento Informado, al médico que reciba al
paciente asintomático que viene a solicitar que se le efectúe un A.P.E.
Teniendo
en cuenta las importantes implicancias de la decisión para la familia del
paciente y en especial para su pareja, se sugiere que el paciente recabe también
la opinión de esas personas, tal
como ha sido propuesto en iniciativas de otros países.
Es muy común últimamente recibir en el consultorio
a un varón adulto, generalmente de más de cincuenta años, asintomático, que
viene porque quiere saber “cómo está su próstata” o más específicamente,
a hacerse el “análisis para la próstata”, o “para el cáncer de próstata”.
Esto se debe a que estos pacientes han recibido el
impacto de campañas dirigidas al público general[1],[2],[3],[4],[5].
El dosaje anual del Antígeno Prostático Específico (A.P.E.; en inglés Prostatic Specific Antigen, P.S.A.) junto con el tacto rectal, han
venido siendo recomendados a nivel internacional, sobre todo en los EE.UU, para todos los varones de más de 50 años de edad, y más tempranamente
para poblaciones especiales como los hombres de raza negra y aquellos con
familiares directos que hayan padecido cáncer de próstata
-porque esto aumenta el riesgo de padecerlo-[6],[7].
Esto es, se propone el “screening” ( rastreo, en castellano) del cáncer de
próstata.
La recomendación
de las sociedades científicas –aún la de aquellas que lo promocionan- ha
sido, sin embargo, que este es un tema a ser discutido por los médicos con sus
pacientes a nivel individual, explicándoles riesgos y beneficios de la cadena
de acciones que se ponen en marcha desde el primer dosaje del A.P.E[8].
Este es un punto
importante. No es que el dosaje en sí traiga los mayores problemas, sino que
debe verse como el punto inicial de una cadena de acciones, sea que resulte
normal o anormal, de las que el paciente probablemente no se desligue mientras
viva.
El análisis se
inscribe en una larga lista de intentos de anticipar el diagnóstico de la
enfermedad, el cáncer más frecuente en los varones estadounidenses
si se exceptúa el de piel, (en la Argentina, no sabemos; no hay aún
registros poblacionales, aunque se está trabajando en eso, y han empezado a
aparecer datos, p.e. de la
provincia de Buenos Aires[9])
con la pretensión de mejorar los resultados de su tratamiento mediante
un diagnóstico más precoz.
Se ha demostrado
que efectivamente, con el “screening” se
logran diagnósticos más precoces de cáncer de próstata, y
por lógica se ha pensado que entonces, como es regla general en
medicina, los resultados terapéuticos serían mejores (ante diagnósticos más
precoces). En este caso, la presunción se basa en trabajos que han mostrado que
uno de los factores que condicionan una mayor morbimortalidad, es el estadio más
avanzado al momento del diagnóstico [10].
Entre las
estrategias posibles para mejorar el diagnóstico, se ha ido estandarizando que
debe hacerse un tacto rectal y el análisis del A.P.E., repetidos cada uno a
tres años según las circunstancias, a la población de riesgo. Si alguno/s de
los resultados es anormal, se hace una ecografía transrectal y,
de mantenerse la sospecha, una biopsia, también por vía transrectal; si
se encuentra cáncer habrá que realizar una estadificación clínica del mismo
para proponer un tratamiento apropiado, que varía entre la cirugía radical y
la radioterapia para los tumores localizados, la manipulación hormonal y también
la quimioterapia para los diseminados, y la observación clínica, para casos
seleccionados en cualquiera de los estadios.
Lo que hace controversial
este asunto es básicamente lo que sigue:
Por un lado, es
verdad que la mortalidad por cáncer de próstata se ha reducido en la década del noventa
-que es desde cuando se implementó el “screening” y sus acciones
subsecuentes, especialmente en EE.UU- . Pero se ha reducido más o menos al
mismo ritmo (un 2.5% anual) en países que no
han hecho “screening” o casi, sea porque no lo han promocionado, como
Suecia[11],
o inclusive lo han desalentado, como el Reino Unido[12].
Esto ha hecho pensar que esa reducción de la mortalidad ha sido producida por
causas diferentes del “screening”, habiéndose considerado sobre todo, los
cambios dietarios producidos en ese lapso –se ha tenido en cuenta, sobre todo,
el consumo de grasa animal, que se ha reducido en ese período como consecuencia
de las campañas dirigidas a la enfermedad vascular aterosclerótica y a la
obesidad[13],[14]-.
Por otro lado, todos los pasos diagnósticos tienen sus falsos positivos y negativos; la biopsia también tiene, además, efectos secundarios indeseables, y los tratamientos radicales ocasionan muchos efectos secundarios, algunos de gravedad, que habrá que ponderar, como balance carga/beneficio, con los síntomas de la enfermedad (morbilidad), que se pretende evitar.
El Comité de Ética
del Hospital Privado de Comunidad de Mar del Plata se ha hecho eco, como lo
marca su Reglamento, de la inquietud de algunos de sus miembros sobre este tema,
y lo ha venido trabajando, con la asistencia técnica de expertos, y de médicos
de las especialidades que más reciben el requerimiento de los pacientes. Después
de más de un año de labor, el Comité se considera en condiciones de proponer
una solución que, atenta a los principios bioéticos, procura aumentar la
participación de los propios pacientes en tomas de decisiones difíciles ya
que, ante datos científicos no concluyentes, forzosamente deben cobrar más
importancia los valores y preferencias de los pacientes individuales
convenientemente informados.
Tomando en
consideración propuestas que circulan ya en los países del Norte[15],[16],[17],
el Comité ha preparado el borrador
de una Hoja de Información
para el paciente (ver al final) para ayudar al médico que reciba el
pedido del paciente asintomático que viene a solicitar que se le efectúe un
A.P.E.
En otros países,
teniendo en cuenta las importantes implicancias de la decisión para la familia
del paciente, y en especial para su pareja, se ha afirmado que debe oírse también
la opinión de esas personas15.
Deberá
considerarse si este proceso, que se pone en marcha la primera vez que un
paciente asintomático se mide su nivel de A.P.E., deberá ofrecerse sólo al
integrante de la población de riesgo que lo solicite, o
a toda persona integrante de los grupos de riesgo que venga a consulta
por cualquier motivo, y sobre todo, para un examen en salud.
Se propone que
esta hoja esté disponible en las secretarías de consultorios. Debería
entregarse al paciente para que se informe, y pueda después discutir el tema
con el médico de manera más personalizada.
En lo que sigue
se tratará de explicar con más detalles los fundamentos de lo que se afirma en
el borrador de la Hoja, para quienes
no tengan un conocimiento profundo del tema.
Entre las medidas de prevención secundaria (la condición patológica ya
existe en el individuo y se trata, no de evitar su aparición –prevención
primaria- sino de mejorar su tratamiento por el diagnóstico en un estadio más
precoz, cuando aún no causó tanto daño), se distinguen el “screening”
(rastreo) y la detección de casos.
El rastreo
(Screening) consiste en buscar una condición patológica en personas
asintomáticas. La detección de casos busca
una condición patológica en quienes tienen determinadas características (que
la hacen más probable o peligrosa) detectadas en la consulta médica. La
denominación de “screening” se aplica tanto a acciones dirigidas a toda la
población (originadas, por ejemplo, en el Ministerio de Salud) como a las que
se promueven desde una institución o un profesional en particular; tampoco
interesa si lo pide el paciente o lo ofrece el agente de salud. Lo distintivo es
el hecho de la búsqueda en pacientes
asintomáticos.
En cuanto a los aspectos científicos, diremos que la moderna Medicina Basada en
la Evidencia ofrece los siguientes criterios para que la implementación de
estas medidas pueda justificarse:
ü
Que se trate de un problema de
salud importante
ü
Que exista tratamiento efectivo
para los casos identificados
ü
Que haya recursos disponibles
para el diagnóstico y el tratamiento
ü
Que la historia natural de la
condición sea conocida
ü
Que la condición tenga
una fase latente o asintomática
ü
Que estén disponibles, tests
de exactitud aceptable
ü
Que exista consenso sobre el método
de tratamiento de los pacientes identificados
ü
Que el rastreo tenga un costo
aceptable
ü
Que la detección de casos sea
un proceso continuo.
En base a estos criterios, se califican las acciones posibles de acuerdo a
la validez de las evidencias (“I” a “III”, de mayor a menor
validez) y a la fuerza de las recomendaciones (“A” a “E”,
yendo el espectro desde “buena
evidencia para recomendarla”, a “buena
evidencia para no recomendarla”).
Validez de las evidencias:
I: Evidencia de al menos una investigación apropiadamente
aleatorizada, controlada.
II.1: Investigación no aleatorizada
II.2:Investigación analítica, caso-control o cohorte, bien diseñada,
preferentemente multicéntrica
II.3: Evidencia de larga data, con ensayos controlados o sin ellos.
III: Opiniones de autoridades (basadas en experiencia clínica, estudios
descriptivos e informes de casos), o informes de comités de expertos.
Fuerza de las recomendaciones:
A.
Buena evidencia para recomendar que la condición sea considerada en un
examen periódico de salud
B.
Moderada evidencia para recomendar que la condición sea considerada en
un examen periódico de salud
C.
Insuficiente evidencia para recomendar que la condición sea considerada
en un examen periódico de salud
D.
Moderada evidencia para recomendar
que la condición sea excluída de un examen periódico de salud
E.
Buena evidencia para recomendar
que la condición sea excluída de un examen periódico de salud
Así considerados, el APE, el tacto
rectal y la ecografía transrectal para “screening” de cáncer de próstata,
califican con fuerza “D”
(moderada evidencia para desaconsejar).
O sea: no se recomienda que el ” screening” para cáncer de próstata
sea considerado en un examen periódico de salud, porque no hay evidencia de que reduzca la morbimortalidad por cáncer de próstata[18].
Como comparación, la mamografia c/1-2 años entre los 50-69 años para
“screening” de cáncer de mama tiene fuerza “A” (Buena evidencia para
recomendarla).
Recientemente, la U.S. Preventive Services Task Force ha modificado la
manera de graduar la evidencia y la fuerza de las recomendaciones preventivas.
Creemos que exponerlo aquí sólo introduciría confusión y, dado que hasta que
se complete la renovación de todas las calificaciones, coexistirán los dos
sistemas, solamente lo mencionamos, remitiendo al lector interesado a la
bibliografía correspondiente[19].
En cuanto a los aspectos
éticos de los rastreos, están muy bien discutidos
en un trabajo de H. M. Malm[20],
que ejemplifica con la mamografía, el tacto rectal y el A.P.E., y el
colesterol.
Uno de los
condicionantes más fuertes es que no se trata del paciente
que se siente mal y viene a buscar ayuda
(en ese caso, para asistirlo es suficiente la “evidencia
disponible”); el “screening” se
ofrece a población presuntamente sana.
También debe tenerse en cuenta que todavía la gente cree que si los médicos
consideran que un determinado procedimiento no es beneficioso, no lo ofrecerán.
Por lo dicho, la
obligación es mayor. No basta con la evidencia disponible. Ésta debe
haber demostrado “más allá de la duda razonable” que, “en balance”, dice
Malm, el procedimiento ofrecido llevará
a beneficios ciertos para el paciente, que superen ampliamente los riesgos y
cargas del mismo. Esto se basa en la teoría de la responsabilidad, que afirma
al respecto que uno es tanto más responsable por lo que le ocurra a alguien
como resultado de alguna decisión, cuanto más haya influido en que esa persona
tomara esa decisión.
Generalmente los
“screenings” toman más en cuenta los resultados favorables para los escasos
individuos en quienes se ha detectado la condición patológica en estudio, que
los riesgos y daños (físicos, psíquicos, económicos, sociales) causados a la
inmensa mayoría de sanos
investigados.
El autor critica
que pareciera que se presume que el “screening” (cualquiera) “es bueno hasta que se demuestre lo
contrario”, cuando en realidad, como se discutió, debería ser exactamente al
revés (sólo ponerlo en práctica si se está seguro de que es beneficioso
“en balance”). Luego enumera los problemas originados en este prejuicio: a)
en algunos casos, el mismo es decididamente falso
b) aún cuando para una determinada condición, la detección precoz
facilitara el tratamiento, no se puede asegurar que sea beneficiosa para un
paciente en particular, si no se consideran los riesgos y cargas implicados. De
éstos enumera 1) recibir
tratamiento innecesario o excesivo 2) recibir un tratamiento menos elaborado,
probado y mejorado que si se tratara unos años después, al manifestarse la
condición patológica, y 3) aunque sea cierto que el diagnóstico temprano
mejore una condición patológica determinada “en balance” (beneficio vs.
cargas y riesgos), esto tampoco basta para recomendarlo: como la mayoría de los
investigados no van a padecer nunca la condición, hay que preguntarse qué
beneficios y qué cargas implica para ellos estar en el continuo proceso de
“screening”. Esto incluye los riesgos, molestias y costos de las pruebas
iniciales; los de los estudios posteriores, considerando también los de los
resultados falsos negativos y falsos positivos y el error médico, y la carga
psicológica implicada en el proceso, que abarca la falsa sensación de
seguridad de los resultados negativos, y el
costo psicológico de preocuparse por problemas de salud ocultos y de mirar al
propio cuerpo como algo potencialmente peligroso.
Además, si un
“screening” que estaba en marcha es cancelado por inefectivo, las falsas
expectativas creadas son difíciles de cambiar; la información contradictoria
frustra a la gente y la lleva a desconfiar de toda recomendación, aún de
aquellas sostenidas por la evidencia.
Finalmente
considera los costos en términos de la distracción de dinero, tiempo y
recursos, de otros programas de más beneficio, hecho señalado también por
otros, como el National Health Service británico16.
Más
recientemente, Welch agrega cómo, en razón del auge de los “screenings”,
buena parte de la entrevista médica se dedica a acciones originadas en ellos,
en desmedro de escuchar y atender a
los requerimientos y necesidades reales y actuales manifestados por el paciente,
aumentando su insatisfacción[21].
Por su parte,
Tannock afirma:
“desafortunadamente, en medicina, algunos descubrimientos pueden provocar más
daño que beneficio”. Este autor expone esto en un trabajo en el que dice irónicamente
que desde la institución del “screening”, el cáncer de próstata asintomático
“no
existe más”, porque el paciente padecerá
siempre síntomas, sean los síntomas de la enfermedad, aquellos de los
tratamientos instituidos, o la angustia de los controles, a lo que Klotz ha
llamado “PSAdynia”
(“APEdinia”, dolor producido por el A.P.E.)
[22].
Como dice Malm20,
la base científica de la medicina no es de
ciencia formal sino empírica, y por
tanto sus afirmaciones, para que puedan considerarse conocimientos, deben
demostrarse y no pueden simplemente “deducirse”.
Es verdad que
habitualmente, cuanto más temprano se haga el diagnóstico de una
enfermedad, mejor será la evolución del paciente.
En el caso del cáncer
de próstata, la presunción se basaba en trabajos que han demostrado que uno de
los factores que condicionan una mayor morbimortalidad, es el estadio más
avanzado al momento del diagnóstico10.
Lamentablemente,
como hemos dicho, éste no ha sido el caso para esta enfermedad: aunque se
logren diagnósticos más tempranos (y se instauren rápidamente
tratamientos con pretensión curativa), la disminución de la mortalidad
que se ha observado, no es atribuible a ese proceder (ver Introducción).
Si bien,
como también adelantamos, todos los métodos diagnósticos (tacto
rectal, A.P.E., ecografía transrectal, biopsias) tienen sus falsos positivos y
negativos –lo cual está tratando de mejorarse continuamente-, la causa de los
resultados insatisfactorios no debe buscarse allí. El problema básico parece
ser el insuficiente conocimiento de los aspectos biológicos, especialmente de
la
historia natural de este cáncer[23],
que parece ser, en realidad, un
espectro de enfermedades de diferente comportamiento10.
Lo más que se sabe es que se podrían distinguir
tres tipos de tumores[24]:
I)
el de comportamiento bastante benigno que
no llevará a la muerte al paciente, por lo que los tratamientos
radicales serían innecesarios para
él. Alrededor del 70% de todos los cánceres de próstata entrarían en este
grupo.
III)
el muy agresivo, para el que no se justifica
el tratamiento radical porque, aunque se crea encontrarlo en un período precoz,
ya se ha extendido y de todos modos dará metástasis.
Y
también se sabe que tomando unos
cuantos marcadores clínicos, de laboratorio y patológicos, aumenta la
probabilidad de clasificar correctamente al tumor del paciente en uno de los
tres grupos.
Pero lo cierto
es que, al momento actual, nadie puede decir si el paciente en particular que
nos viene a consultar, se va a
beneficiar del tratamiento o no16.
Se espera que los grandes estudios aleatorizados (randomized) que están en
marcha puedan contestar esto en unos años (se calcula que “The Prostate,
Lung, Colon and Ovary Screening Trial”, de EE.UU, estará terminado hacia
2009, y “The European Randomized Study of Screening for Prostate Cancer”,
entre 2004-9)8.
a)
El tacto
rectal es un método diagnóstico tradicional y parte habitual de la
consulta urológica, proctológica
y ginecológica. Sigue recomendándose como parte del examen físico completo
hecho por un médico clínico, pero nunca se generalizó, para pacientes que no
padezcan trastornos en el área, básicamente
por motivos culturales. No tiene efectos secundarios físicos; sí psicológicos.
Tiene falsos positivos por inadecuado entrenamiento, por adenomas, cálculos,
etc., y falsos negativos por tumores del lóbulo anterior de la próstata,
inaccesibles al examen, por tumores no nodulares, etc.
b)
El A.P.E.
es una proteína que segregan fundamentalmente las células prostáticas
normales y patológicas (también las células de las glándulas periuretrales,
masculinas y femeninas, y las células mamarias, normales y patológicas, aunque
en mucha menor cantidad[25]).
Se determina por un dosaje en sangre, y fue desarrollado originalmente para el
seguimiento de los pacientes con
tratamiento radical (su valor debe caer casi a “0” luego del tratamiento, un
nuevo aumento indica células prostáticas en alguna parte del cuerpo). Tiene
falsos positivos y negativos. Falsos
positivos: <1 % de los hombres “normales” tienen valores aumentados
de APE (punto de corte, 4 ng/ml) ,
y el 15 % o más de los pacientes con hiperplasia benigna de próstata. También
puede aumentar en prostatitis, y luego del coito, cistoscopias y biopsias. En
total, más del 25% de los hombres que tienen APE elevado no tienen cáncer de
próstata, o sea, >25 % de falsos positivos. Y 23 % de valor predictivo
positivo (sólo una de c/cuatro biopsias mostrará cáncer de próstata16),
que aumenta a 63 % si se toman valores
de >10 ng/ml. Falsos
negativos:14-27 % de los cánceres localizados
(limitados a la glándula) tienen APE < 4. Se han hecho varios intentos de
mejorar estas cifras, a través del desarrollo de “kits” de diagnóstico que
sean más sensibles/específicos, de la relación entre el APE libre/total y APE
“complejo”/total –“complex PSA”-
(valor más bajo sugeriría cáncer, porque suele producir menos cantidad de
antígeno libre –“complejo”-), de la “densidad” del APE (relación
entre el “APE esperado” de acuerdo al tamaño
de la próstata estimado por ecografía, y el valor obtenido, que sería mayor
del esperado, en el cáncer; está limitado por la baja precisión de la ecografía,
como se verá más adelante), “velocidad” del APE (ritmo de aumento en el
tiempo, mayor a 0.75 ng/ml/año indicaría cáncer), ajuste por edad (a más
edad, más alto el punto de corte), etc16,24,[26].
c)
La ecografía y otros métodos de diagnóstico por imagen: la ecografía
puede indicarse como parte de una tríada de diagnóstico inicial, o según los
resultados de los otros dos métodos. Se trata de ecografía transrectal; no
debiera causar daños físicos, sólo molestias.
Sus resultados (como en
otros estudios ecográficos) dependen mucho de la pericia del operador, y
tiene también otros falsos negativos y positivos, originados en
limitaciones técnicas, que se tratan de superar con aparatos y técnicas más
sensibles/específicos. Se han utilizado la Resonancia Magnética Nuclear
transrectal y otras técnicas de imagen en estadio experimental.
La combinación
de los métodos diagnósticos se hace con la intención de compensar las
insuficiencias de cada uno.
Dado que estos
tumores son de crecimiento lento, se ha propuesto recientemente, a partir de la Teoría
de la toma de decisiones en condiciones de incertidumbre, que el
“screening” se repita cada dos años, y no anualmente, y que en los
pacientes con resultados de A.P.E. persistentemente bajo (0.5-1.0 ng/ml) se
interrumpa el “screening” a partir de los 65-75 años[28].
Ya están apareciendo trabajos de campo que avalan este proceder[29].
En consonancia con la suposición de que, como se ha
dicho, existirían biológicamente tres tipos de tumores de diferente
agresividad, se ha tratado de conformar grupos de pacientes, de bajo,
mediano y alto riesgo de progresión de enfermedad, y decidir la conducta en
consecuencia10.
Se han considerado la edad (los tumores en los
ancianos tienen en general crecimiento más lento); el grado histológico según
la escala de Gleason (de uno a diez, de menor a mayor riesgo); el nivel del APE
y el % de “libre” -“complejo”-, el porcentaje de tomas de biopsia
positivas (se está proponiendo aumentar el número de tomas, para mejorar estadísticamente
la probabilidad10). Se ha llegado a desarrollar nomogramas con estos
datos para estimar el riesgo en un paciente en particular26, aunque
éstos parecerían predecir mejor la extensión patológica (la que se encontrará
al examinar la pieza quirúrgica) que la curabilidad10.
Luego, seleccionado el paciente como candidato a
tratamiento radical, para descartar progresión regional se hace el estudio de
los ganglios pelvianos por imágenes, básicamente RMI, de baja sensibilidad y,
a título experimental, inmunogammagrafía con anticuerpos monoclonales contra
el antígeno de la membrana de la célula prostática marcado con radioisótopos,
con mejores resultados. Y gammmagrafía ósea, para descartar metástasis a
distancia, discutible, por su baja positividad, en los pacientes que resultan de
bajo riesgo por los estudios
previos10.
De acuerdo a que haya o no síntomas, la edad, y el
riesgo de progresión, a los
pacientes con enfermedad clínicamente localizada se les puede ofrecer cirugía,
terapia radiante u observación.
Hay consenso en que el mejor tratamiento disponible
es la prostatectomía radical. Esto se refiere al porcentaje de progresión de
enfermedad después del tratamiento, y este porcentaje es menor para la cirugía
que para la terapia radiante (RXT, sea externa o interna –braquiterapia-).
Claro que los radioterapeutas afirman, para este y otros tumores que,
en general, los pacientes derivados a RXT, salvo los que la eligen por
sus valores personales, tienen más riesgo inicial (si no, serían operados), y
que es por eso que los resultados no son tan buenos. Los resultados de ambos
tratamientos dependen mucho de la pericia de los operadores, lo que trae dos
consecuencias: a) que cada grupo (cirujanos y radioterapeutas) procure tratar el
mayor número posible de pacientes y,
b) que la elección de un tratamiento sobre otro dependa mucho del
prestigio y experiencia de los equipos respectivos en un determinado
centro de salud[30],[31].
La aplicación de uno de ellos contraindica el otro a posteriori, si falla.
Más allá de la evolución clínica del paciente, se
hablará de progresión si el APE, caído casi a “0” dentro de las seis
semanas de la cirugía (luego de la RXT tarda más en bajar y puede no hacerlo
–hay tejido prostático remanente-), vuelve a elevarse posteriormente. Esto
debe interpretarse como fracaso de la intención curativa del tratamiento, y
puede preceder la progresión clínica por algunos años10.
Tannock, ya citado22, se pregunta: “-si
lo único que cabe hacer en ese caso es manipulación hormonal, paliativa,
y la eficacia de la aplicación temprana de ésta no está probada22,[32]
, ¿qué gana el paciente con saber que su A.P.E. volvió a elevarse?- Y
se contesta: -sólo ansiedad....”
En cuanto a los efectos secundarios de los tratamientos, enumeraremos los más comunes, poniendo números recientes de EE.UU, sólo para los más frecuentes o relevantes entre ellos:
Para la cirugía, mucho sufrimiento, especialmente en
el postoperatorio inmediato (hemorragias, infecciones, fístulas, incontinencia
de orina, y embolia pulmonar),
incontinencia permanente de algún grado en >30 % de los casos, e
impotencia sexual definitiva en el 35-60 %,
y además una mortalidad de
2 %; y para la radioterapia, inflamación del recto y de la vejiga y diarreas en
agudo y, más tardíamente, diarrea crónica
y estrecheces uretrales e intestinales en 10 %, incontinencia fecal en
10-20 %, y también incontinencia
urinaria e impotencia en 7 %[33].
A los pacientes “de alto riesgo” (de progresión
a pesar del tratamiento radical) se les puede ofrecer además, en este estadio
de enfermedad localizada, la adición de tratamientos adyuvantes[34],
y de nuevos tratamientos en etapa experimental10.
Para la enfermedad avanzada, diseminada, los
tratamientos son paliativos, de manipulación hormonal quirúrgica (orquiectomía)
y química, y quimioterapia, en general, y de tratamientos particularizados (RXT
paliativa, tratamiento del dolor, de las fracturas, etc.) . No hay consenso
sobre cuál es el mejor tratamiento, ni sobre la oportunidad de su utilización.
Esto es, si en caso de detectar precozmente la recidiva, debe iniciarse la
manipulación hormonal en el paciente aún asintomático, tratando de retrasar
la progresión de la enfermedad, o si los resultados son iguales esperando a que
aparezcan los síntomas.
Como mencionamos en el punto “I”, la U.S.
Preventive Services Task Force no recomienda ninguno de los métodos diagnósticos
iniciales (tacto rectal, A.P.E., ecografía transrectal) para el “screening”
de rutina del cáncer de próstata18.
La American Cancer Society recomienda ofrecerlo, mediante el tacto rectal y el A.P.E.
anuales a todos los varones mayores de 50 años
con expectativa de vida superior a 10 años, y desde los 45 a los de
mayor riesgo (historia familiar, raza negra)6.
A su vez, la American Urological Association
recomienda ofrecer el dosaje anual
del A.P.E. a todos los varones asintomáticos de 50 años de edad o más, con
expectativa de vida superior a 10 años, y a varones más jóvenes con mayor
riesgo7.
Ambas sociedades científicas, ante las evidencias
crecientes de que el “screening” no reduce
la mortalidad por cáncer de próstata, están recientemente revisando su posición,
y enfatizan más en la necesidad de discutir con el paciente individual los
riesgos y potenciales beneficios de los procedimientos a poner en funcionamiento
desde el primer dosaje de A.P.E[35].
Por su parte, el American College of Physicians, en
su “Guía” conjunta con la American Society of Internal Medicine[36],
de la misma manera que la American Academy of Family Physicians, afirman que las
decisiones deben ser individualizadas, luego de una discusión a fondo con el
paciente acerca de los potenciales beneficios y riesgos ciertos de daño, de las
distintas etapas del proceso diagnóstico
y terapéutico. La misma postura adopta la Canadian Task Force, en Canadá35.
El National Health Service británico, basándose en
la insuficiencia de la evidencia, y en un balance de costos (cargas) y
beneficios, por su parte, desaconseja el “screening”16, y en
Suecia, por razones parecidas, no ha sido promocionado31. En general,
los países europeos sostienen que no se debe recomendar el “screening”
hasta que los grandes trabajos en curso (ellos
llevan adelante el European Randomized Study of Screening for Prostate Cancer,
ya citado en el punto II) demuestren su utilidad[37].
Lo concreto es que aún no se dispone de ningún
estudio epidemiológico serio que avale la utilidad del “screening” para el
cáncer de próstata, como sí los hay, por ejemplo, para el “pap” para el cáncer
de cuello uterino, con lo que se ha querido asimilarlo.
Se tenían muchas esperanzas con un amplio estudio
canadiense que fue refutado por graves problemas metodológicos y acusaciones de
fraude científico, en la reunión anual de la Sociedad Norteamericana de
Oncología Clínica (A.S.C.O.) de 1998[38].
Se espera que los
resultados de los estudios que se están efectuando al respecto estén
disponibles, como hemos dicho, entre
2004-9; es decir que entonces podrá afirmarse, de acuerdo a evidencia, si el
paciente que tenemos adelante se beneficiará del tratamiento, si ya no le
servirá o si es innecesario para él.
¿Y mientras tanto, qué?
Una solución que se ha propuesto en EE.UU, publicada
en el American Journal of Medicine por Chan y cols., propone que, dada la
situación de grave incertidumbre sobre el tema, se obtenga el consentimiento
informado del paciente antes de la
primera extracción de sangre para dosar el A.P.E15.
Ésta es también la recomendación del American College of Physicians[39]
El trabajo de Chan y cols. trae un modelo de la información a brindar para ese consentimiento, preparado por un grupo interdisciplinario con participación de pacientes ya tratados y sus familiares. La información consiste en los pros y contras del A.P.E., el tacto rectal y la ecografía, los posibles pasos subsiguientes y sus consecuencias esperables, y el grupo propone que el proceso de consentimiento sea compartido por la pareja del paciente, dadas las implicancias que la decisión tendrá para la misma.
Actuar de otro modo parecería profundamente antiético.
Argumentando, por ejemplo, desde la teoría de los
principios, diríamos que se violarían los
tres principios de la Bioética:
a)
En cuanto al principio de autonomía,
acabamos de comentar cómo podría respetarse, y creemos honestamente que la
información correcta y completa disuadiría a muchos potenciales pacientes.
b)
El principio
de no-maleficencia, considerado junto al de beneficencia: en otra
revista norteamericana, igualmente prestigiosa, un afamado especialista pone el
problema en los siguientes términos: “se trata de un problema filosófico, el problema de no saber qué es lo correcto, y frente a
este problema, una escuela filosófica decidirá no hacer algo que pueda estar
errado, y otra escuela filosófica dirá que hay que hacer lo que se pueda, para
tratar de no perder una ocasión de ayudar” (Chodak G, citado por Friedrich[40]).
El punto es que, para los profesionales de la salud, desde Hipócrates, lo primero es no dañar20. Se puede no hacerle el bien a un paciente. Lo que no se debe es
hacerle un mal. Y al estado actual
de nuestros conocimientos, al paciente
se lo expone a un mal (los efectos
indeseables del diagnóstico y el tratamiento) sin ninguna seguridad de que a él
en particular se le evite ningún mal ni se le haga ningún bien. Y esto es grave.
c)
Se violentaría
el principio
de justicia, por la ingente masa de recursos que implica el
“screening” de todos los mayores de cincuenta años (“sanos”, asintomáticos),
de la forma y con la frecuencia consignadas, y el tratamiento (con todas sus
consecuencias) de aquellos en que los exámenes resulten anormales, sin
seguridad razonable sobre sus beneficios.
A resultados parecidos se llegaría desde otros sistemas de argumentación, como los Derechos Humanos, el conflicto de valores o la ética discursiva (dialógica) de Apel.
Este punto, que provocó bastante discusión en
nuestro Comité, está analizado en un trabajo de Woolf, que se inclina a
ofrecerlo a todos, para poder cumplir con el imprescindible proceso de
consentimiento informado para una decisión compartida[41].
Los argumentos por el ofrecimiento a todo el que
consulte por cualquier causa, incluyen:
1)
para bien o para mal, éste es un tema
instalado en la sociedad; el
ofrecimiento buscaría, con una fundamentación que podría hacerse desde la ética
discursiva, compensar asimetrías entre pacientes más informados,
“despiertos” o demandantes y los que no lo son tanto.
2)
el temor a un juicio de mala praxis por no
haberle ofrecido los estudios a alguien que hubiera venido a verificar su estado
de salud y desarrolle tiempo después síntomas por un cáncer de próstata no
diagnosticado. La respuesta es que no se está obligado a ofrecer un
tratamiento que no tenga eficacia comprobada.
A su vez, la postura más restringida, de limitar la información y el ofrecimiento sólo a quien lo solicite, se basa en:
1) no deben recomendarse acciones médicas que, además de no tener eficacia comprobada, tienen alta probabilidad de causar daño.
2) la injusticia que implica comprometer, para acciones no recomendables -de acuerdo al punto “1)”-, una gran masa de recursos escasos al generalizar los estudios y tratamientos consecuentes para todos los varones comprendidos en la recomendación, con la repetición periódica de las pruebas, recursos que, por tanto, no estarán disponibles para otras acciones de mayor beneficio.
Sin duda, las acciones propuestas tendrán menor
impacto si se aplican, con el debido consentimiento informado, sólo a los
pacientes que se interesen por ellas y las demanden efectivamente. Creemos que,
a la luz de razones como éstas, las autoridades de la institución deberán
decidir cuál consideran la mejor política a adoptar al respecto.
·
El primer dosaje del A.P.E. en un paciente
asintomático pone en marcha acciones médicas de consecuencias relevantes.
·
El dosaje del APE, junto con el tacto rectal,
realizados en la población de riesgo, con una periodicidad anual (puede ser
menos frecuente en algunos casos), y seguidos, cuando corresponda, de la ecografía
prostática transrectal y de la biopsia transrectal, permiten efectivamente el
diagnóstico más precoz del cáncer de próstata, cuando está localizado, o al
menos, presumiblemente no ha sobrepasado la pelvis.
·
Esto lleva a la posibilidad de ofrecer
tratamientos con intención curativa, radicales, sean quirúrgicos o radiantes.
·
Lamentablemente, sin embargo, este proceder no
ha reducido la mortalidad por cáncer de próstata, y la reducción de la
morbilidad que podría producir, debe balancearse con sus efectos secundarios
frecuentes.
·
Por ello, más que siempre, es importante la
participación informada del propio interesado, el paciente, para que el proceso
(cuya bondad intrínseca es incierta para el paciente individual) se
desarrolle de acuerdo con sus valores y creencias.
·
El Comité de Ética, con la valiosa
colaboración técnica de expertos invitados, ha desarrollado el siguiente
borrador de Hoja de Información
para el paciente, para ayudar en el proceso, pretendiendo informar al
paciente para que pueda dialogar luego con el médico en una mejor posición.
·
La idea es que estas hojas estén en las
secretarías de consultorio para que el paciente la pueda leer en la sala de
espera, o llevársela a su casa y, luego
de reflexionar, discuta todas sus dudas con el profesional.
·
Como paso siguiente, el contenido definitivo
de esta Hoja debería consensuarse con las autoridades institucionales y los
servicios implicados
·
La decisión de si esta discusión debe
llevarse sólo con el paciente que solicite el estudio, u ofrecerse a todo varón
del grupo de riesgo que venga a la consulta por cualquier causa, deberá ser
tomada por las autoridades institucionales, y fijada una política en
consecuencia.
Hospital
Privado de Comunidad de Mar del Plata
“Hoja
de Información”
para
el paciente asintomático que hará por primera vez un dosaje de Antígeno prostático
Específico (A.P.E.)
(“Screening”
–rastreo, pesquisa- de cáncer de próstata)
Año 2002
·
Sabemos
que este es un tema sobre el que se publica mucho en los medios no
especializados. Queremos acercarle información veraz y actualizada para que Ud.
pueda discutirlo con el médico con la mayor seriedad posible.
·
Cuando se
habla de “controlar la próstata” (o de verificar su estado) se está
hablando en realidad de posibilitar el diagnóstico temprano del cáncer de próstata.
·
Esto se
ha logrado efectivamente, mediante el tacto
rectal y el análisis del A.P.E,
repetidos cada uno a tres años según las circunstancias, a la población de
riesgo (varones de más de cincuenta años, o de 45 si un familiar de primer
grado padece o ha padecido la
enfermedad, o son de raza negra).
·
Si alguno
de los resultados, en cualquiera de los controles,
es anormal, se le propondrá una
ecografía prostática transrectal.
·
Si la
misma refuerza la sospecha de la enfermedad, el paso siguiente es
hacer una biopsia de la glándula, también por vía transrectal.
·
Si se
encuentra cáncer habrá que realizar una estadificación
clínica del mismo mediante estudios básicamente radiológicos.
·
De
acuerdo a todo lo anterior, se le propondrá un tratamiento considerado apropiado, que varía entre la cirugía
radical y la terapia radiante con
intención curativa para los tumores
localizados, la manipulación hormonal para los diseminados, y la simple observación clínica para casos particulares que reúnan
determinadas características, en cualquiera de los estadios.
·
Todos los
pasos diagnósticos tienen sus falsos
positivos y falsos negativos;
la biopsia puede además producir algunos inconvenientes
como dolor, infección y sangrado locales, y los tratamientos radicales tienen
una frecuencia alta de efectos secundarios, algunos de gravedad,
incluida la muerte.
·
Lo que
hace controversial este proceder es que la reducción de la mortalidad por cáncer de próstata, que
efectivamente se ha observado en la última década, no es atribuible al
“screening”, porque
se redujo en la misma magnitud -2.5% anual- en los países que han
hecho “screening” y sus acciones subsecuentes (sobre todo EE.UU),
y en los que no lo han hecho, como
Suecia y Gran Bretaña.
·
Estos
resultados decepcionantes parecerían
depender sobre todo, de un insuficiente
conocimiento de la biología del cáncer de próstata. Se sabe que muchos (la mayoría, alrededor del 70%) tienen un comportamiento bastante
benigno que no llevará a la muerte al paciente
por lo que, en caso de habérsele aplicado un tratamiento radical, es
decir, cirugía o radioterapia, éste habría sido un tratamiento
innecesario; otros
son tumores agresivos, pero efectivamente localizados,
que se curarán con el tratamiento
radical, y finalmente, los de un tercer
grupo, evolucionan de manera muy
agresiva; en este último caso, el
tratamiento radical no se justifica, porque
aunque se crea encontrar al tumor en un período precoz, en realidad ya se ha
extendido, y de todos modos ha dado ya metástasis a distancia, aunque microscópicas,
o por lo menos no detectables, haciendo a la enfermedad, incurable
por cualquier método. En ese caso, según las circunstancias, lo indicado
sería el tratamiento paliativo, o la
simple observación clínica.
·
Si
bien ha habido muchos intentos de aumentar la probabilidad de
clasificar correctamente al tumor de
un paciente en uno de los tres
grupos, tomando unos cuantos marcadores clínicos, de laboratorio y patológicos
(de la biopsia), lo concreto es que, al momento actual, no se puede asegurar en qué grupo cae ese paciente en particular.
Se espera que los estudios (en marcha) que aclaren estos puntos estarán listos
en unos años, entre 2004 y 2009.
·
Se trata, pues, de una situación médica de
especial incertidumbre, y por eso
consideramos fundamental su participación en las decisiones, desde sus
creencias y preferencias valorativas
particulares. Le estamos pidiendo que elija entre a) someterse al “screening” periódico, lo que implica
correr el riesgo de las molestias, la carga psicológica y los riesgos
ciertos de los procedimientos de diagnóstico y tratamiento, quizás
innecesariamente (tumores del primer tipo, de lento crecimiento) o inútilmente
(tumores del último tipo, supuestos localizados pero que no lo son, y que
progresarán a pesar del tratamiento radical), o b)
no someterse al “screening” periódico, lo que a su vez implica
correr el riesgo de tener un cáncer de próstata que puede ser agresivo,
progresivo, y curable, y no saberlo, o
saberlo pero quizás no hacer nada
(si para poner en marcha el proceso diagnóstico se espera a que el tumor
progrese y empiece a producir síntomas, el tratamiento radical no se puede
plantear en ese momento, y no hay consenso sobre cuándo se deben aplicar los
tratamientos no radicales).
·
Creemos que Ud. debe meditar sobre todo esto; si le parece, también con sus allegados, y
luego discutirlo con el médico para
una decisión consensuada.
Integrantes
del Comité de Ética:
Bajardi, Mirta (Abogada); Boronat, Marcela (Lic. en
Psicología.); Castellanos, Beatriz (Lic. en Servicio Social, en uso de liciencia)-Coordinadora Adjunta-; Donato,
Antonino (Representante de la Fundación Médica de Mar del Plata, en uso de
licencia); Gonorazky, Sergio (Médico); Lanari, Estela(Representante de los
pacientes); La Roca, Susana (Prof. de Filosofía); López, María Cecilia
(Enfermera); Manzini, Jorge Luis (Médico); Martínez, Gladys (Dra. en Filosofía);
Peña, Karina (Lic. en Enfermería); Pereyra, Josefina (Lic. en Servicio
Social); Porcelli, Beatriz (Lic. en Psicología); Rodríguez, Silvia
(Enfermera); Rodríguez Fanelli, Lucía (Abogada); Roubicek, Martín (Médico);
Xynos, Francisco Pericles (Médico)-Coordinador-.
gg
Agradecimientos:
El
Comité agradece profundamente la colaboración del los Dres. Carlos A. Delfino
(Jefe, Servicio de Oncología); Mario Fernández (Jefe, Servicio de Urología),
y Emilio Picco (Jefe, Servicio de Medicina Familiar).
Estas
personas han aportado información en forma personal y a través de bibliografía
que han proporcionado, y han discutido con nosotros en Sesiones Ordinarias del
Comité.
El
contenido de este trabajo refleja, sin embargo, sólo la postura del Comité de
Ética
[1] “El cáncer de próstata”. La Capital (Mar del Plata) 30/1/00, supl .“Salud”, p. 2
[2] “Se realizarán en forma gratuita todos los exámenes de próstata”. La Nación (Bs. As.), 22/4/01, p. 20
[3] Menéndez VM “Cáncer de próstata”. Sol de Otoño (Periódico de la Tercera Edad), Mar del Plata Año III, Nº 34, abril de 2001, p. 6
[4] Áreas Valdez J . “Cáncer de próstata”. Galeno 2001;2(5):24-9
[5] “Cáncer de próstata. Se cura más del 60%”. La Nación (Bs. As.) 22/10/01, p. 12
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[7] American Urological Association. Prostate-specific-antigen (PSA) best practice policy. Oncology (Huntingt) 2000;14:267-72, 277-8, 280
[8] Barry MJ .Prostate-Specific-Antigen Testing for Early Diagnosis of Prostate Cancer. NEJM 2001;344:1373-7
[9] “Un nuevo estudio del cáncer en el ámbito bonaerense presentó varias sorpresas”. La Capìtal (Mar del Plata) 21/10/01, Suplemento “Salud”, p. 3
[10] Carroll PR. Clinically Localized Prostate Cancer: A More Rational Approach to Selecting Therapy Based on Risk. Symposium “Rational Approaches to Prostate Cancer”. American Society of Clinical Oncology, Thirty Seventh Annual Meeting, San Francisco, Ca, May 12-15, 2001. Educational Book, pp. 495-502
[11] Sandblom G, Dufmats M, Nordenskjold K, Varenhorst E. Prostate cancer trends in three counties in Sweden 1987-96. Cancer 2000;83 (8):1445-53
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[13] Garnick MB. Risk factors and screening for prostate cancer. Up-to-date Mar 16, 2000
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[19] Third U.S. Preventive ServicesTask Force (USPSTF). Recommendations from the Third U.S. Preventive Services Task Force (USPSTF). American Journal of Preventive medicine 2001;20 (3, April) [Suppl. 1]:7-9
[20] Malm HM. Medical Screening and the Value of Early Detection- When Unwarranted Faith Leads to Unethical Recommendations. Hastings Center Report 1999;29 (1):26-37
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[22] Tannock IA. Eradication of a disease: how we cured asymptomatic prostate cancer. The Lancet Oncology 2000;May:17-19