Entrevista a Karl-Otto Apel
Por Ricardo Maliandi
Actualidad
de la ética discursiva (*)
—Su
nombre suele asociarse con la idea de una «transformación de la filosofía»,
como reza el título de su obra más conocida. Más de una vez ha dicho usted
que esa expresión es deliberadamente ambigua, ya que designa, por un lado, la
«reconstrucción» de una transformación que de hecho ha tenido lugar desde
los 60’ y, por otro, alude también a un «programa» que usted mismo se
propuso desarrollar. ¿Podría aclararnos la ambigüedad y decirnos en qué
medida ha dado hasta ahora cumplimiento a tal programa?
—En
efecto, desde un comienzo me interesé por reconstruir el desarrollo de la
filosofía de nuestro siglo, en sus diversas manifestaciones, como la hermenéutica,
la filosofía analítica, el pragmatismo norteamericano, etc. Pero, justamente
en esa tarea reconstructiva, y en vista de lo que ocurría en los 60’, encontré
allí una particular orientación. El programa al que usted alude está ya
expuesto en el tomo II y en la introducción de Transformación de la filosofía. Consistía en la renovación de la
filosofía trascendental de base kantiana, introduciendo en ella elementos de la
semiótica. Más concretamente: se trataba de desarrollar una pragmática
trascendental del lenguaje. Desde entonces, he elaborado diversos aspectos de
aquel programa, por ejemplo, a través de la polémica con los popperianos (ante
todo, con Hans Albert), en la que comencé a hablar de «fundamentación última
reflexiva». El estudio crítico del pragmatismo norteamericano, por otra parte,
me hizo interesar particularmente en Pierce, de quien hice una edición alemana
y sobre quien, más tarde, escribí un libro. También me ocupé bastante de los
«actos de habla» (Austin, Searle) y fui ampliando mis investigaciones y mis
propias ideas mediante una permanente colaboración con mi amigo Jürgen
Habermas.
—Es
obvio que su pensamiento abarca temas diversos, pero también
que su mayor interés se ha ido concentrando en cuestiones de ética. ¿Cómo
resumiría usted su propuesta específica en ese campo?
—He
trabajado en la fundamentación de la ética desarrollando lo que llamé «ética
de la comunicación» y también, juntamente con Habermas, «ética del discurso».
Este esfuerzo fue paralelo al de una fundamentación de la filosofía teórica y
la teoría de la ciencia, que hice a través de la controversia entre
‘comprensión’ y ‘explicación’ y del debate sostenido con Von Wright.
Los problemas éticos me han ocupado con mayor intensidad por la importancia que
han alcanzado en nuestro tiempo. Con Habermas hemos tomado en consideración la
teoría de Kohlberg sobre el desarrollo de la conciencia moral, aplicándola a
la dimensión filogenética, es decir, a una reconstrucción de la historia
social y cultural.
—¿Cómo
se procede para la fundamentación de la ética y en qué sentido interesa para
ello la teoría de Kohlberg?
—Son
dos preguntas. En principio, el procedimiento de fundamentación es
independiente de la teoría de Kohlberg. El método para fundamentar la ética
consiste en la reflexión trascendental sobre las condiciones de posibilidad de
la argumentación. Esa reflexión permite descubrir presupuestos normativos en
todo argumentar. Hay normas que implícitamente ha reconocido y aceptado quien
se vale de la argumentación y que la reflexión trascendental pone al
descubierto. Se trata pues, de un procedimiento reconstructivo o explicitativo.
En tal sentido, los aportes psicológicos de Piaget y Kohlberg resultan
importantes porque convierten el desarrollo de la conciencia moral en objeto de
una reconstrucción normativamente relevante. De lo que puede hablarse,
entonces, es de una cooperación entre esa psicología evolutiva y la
fundamentación filosófica. La perspectiva psicológica exige una fundamentación
filosófica del estadio supremo de aquella evolución, y la filosofía, por su
parte, exige una reconstrucción empírica de la evolución que conduce a dicho
estadio. Así, aunque son independientes, se apoyan mutuamente.
—Me
gustaría que nos dijera algo más sobre ese método de fundamentación ética
consistente en la reflexión trascendental sobre las condiciones de posibilidad
de la argumentación.
—Sí.
Es necesario aclararlo porque mucha gente se sorprende al oír que la
fundamentación ética tenga algo que ver con las condiciones de la argumentación.
Pero la sorpresa se disipa cuando se tiene en cuenta que la argumentación es
algo que nadie puede hacer solo, aisladamente. Incluso, cuando uno argumenta en
soledad está necesariamente referido a una comunidad de comunicación real y a
una ideal. A una real porque uno se vale necesariamente de un idioma, y a una
ideal porque argumenta con pretensión de validez intersubjetiva. Ahora bien, en
esta referencia a una comunidad de comunicación está ya presupuesta una ética
basada en la exigencia de buscar consenso.
—En
sus obras alude usted, a menudo, al «doble nivel» de la ética del discurso.
Es, creo, otro aspecto que también conviene aclarar.
—Así
es. La ética del discurso se caracteriza precisamente por el hecho de que no
pretende que la fundamentación filosófica reemplace a los resultados de los
discursos prácticos entre aquellos a quienes afecta una determinada decisión.
La fundamentación de las normas situacionales concretas es transferida a los
afectados o bien a los representantes de éstos. La ética discursiva sólo
fundamenta el principio formal - procedimental para las discusiones
correspondientes, es decir, el principio que exige precisamente que los
conflictos sean resueltos mediante esas discusiones, mediante discursos, y no
por el uso de la violencia.
—Los
dos niveles son, entonces, el de la norma básica, trascendentalmente
fundamentada por la ética del discurso, y el de las normas situacionales que se
fundamentan mediante discursos prácticos. Ahora bien, esto significa que dicha
ética tiene al menos una intervención indirecta en las situaciones concretas.
Queda claro que la fundamentación trascendental no determina los resultados de
los discursos prácticos. Sin embargo, el principio procedimental «reconstruido»
por esa fundamentación ofrece pautas pertinentes a dichos discursos, y así
tiene, al menos indirectamente, algo que decir en las situaciones concretas. Sería
interesante saber, por lo tanto, qué puede decirnos, en nuestra época, qué
puede aportar la ética discursiva para la solución de la crisis que atraviesa
actualmente la humanidad.
—Lo
que la ética discursiva exige se puede decir en pocas palabras: exige que todos
los conflictos y todas las diferencias de opinión acerca de pretensiones de
validez —y con ello también la fundamentación de normas— sean sometidos a
los discursos de los afectados. Las soluciones deben buscarse allí y no en la
violencia ni en negociaciones en las que la violencia juega siempre un
determinado papel. Se hacen por ejemplo, ciertas ofertas que van acompañadas de
amenazas más o menos expresas para el caso de su no-aceptación. Todos los
hombres saben, en el fondo, que esos problemas deberían ser resueltos por medio
de discursos libres de violencia, es decir, por argumentos. El procedimiento que
exige la ética del discurso es algo que de hecho está en marcha. Todos los días
tenemos en el mundo cientos de coloquios y conversaciones públicas, reuniones
oficiales, etc., incluso a nivel internacional, en que se hacen valer y conocer
los intereses de todos los afectados mediante argumentos y no por amenazas ni
por algo así como violencia disimulada. Hace ya tiempo que esto se ha
reconocido y así lo corroboran los medios de comunicación, de los cuales no se
puede prescindir hoy. En el uso de estos medios está implícita la exigencia de
solución discursiva de los problemas. Naturalmente, esto no significa que los
filósofos confundamos esta exigencia con la realidad. Sabemos, por supuesto,
que en la mayoría de los casos lo que realmente tiene lugar reviste el carácter
de mera negociación y que, en vez de percibir y respetar los intereses de los
afectados, lo corriente es que sólo se tengan en cuenta los intereses de los
participantes incluso a costa de los intereses de los afectados. También
sabemos que no sólo se usan buenos argumentos, sino también ofertas y
amenazas, y que la persuasión (Uberredung) juega aquí un papel, y que se
trabaja en la sugestión y la manipulación. Todo eso lo sabemos. Pero lo
interesante es que actualmente esas abundantes conversaciones públicas que se
llevan a cabo todos los días acerca de los más urgentes problemas humanos ya
desde hace mucho exigen que se respete la idea de la solución discursiva de
tales problemas. Se ve claramente que, a pesar de todo, los seres humanos están
preparados para las exigencias de la ética discursiva. Al menos de modo implícito,
tales exigencias están reconocidas por todos.
Lo que se requiere es ayudar a que ellas obtengan validez, es decir,
lograr que se impongan en la realidad. En otras palabras, se necesita una crítica
de las actuales conversaciones y los encuentros públicos que pretenden ser
discursos. Si de lo que se trata es de fundamentar normas, realizar convenios,
poner en marcha actividades colectivas o asumir responsabilidad por las
consecuencias y subconsecuencias de actividades colectivas —por ejemplo, en el
área de la economía, de la ciencia y de la técnica—, siempre está ya
reconocido que debe seguirse el principio del discurso. La tarea crítica,
entonces, consiste en controlar que tal principio se respete efectivamente.
El Prof. Dr. Karl-Otto Apel Nació en Düsseldorf (Alemania). Se doctoró en Filosofía en la Universidad de Bonn y se habilitó en la Universidad de Maguncia. Fue profesor en varias universidades alemanas y profesor invitado en diversas universidades del mundo. Su principal cátedra fue la de la Universidad de Francfort, donde actualmente es Profesor Emérito. Ha recibido distinciones académicas de Doctor Honoris Causa en distintas universidades del mundo (en nuestro país, por ejemplo, en la UBA, la UNSE y la UCEL de Rosario). Recientemente obtuvo ese título también en la Universidad Libre de Berlín.
Entre
sus libros más destacados cabe mencionar:
La Transformación de la Filosofía (II Tomos), traducido a diversos
idiomas; La controversia Comprensión –
Explicación; Discurso y Responsabilidad; Estudios Eticos; Teoría de la verdad
y ética del discurso; Semiótica
Filosófica, etc. Ha publicado gran cantidad de artículos filosóficos y
compilado varios libros colectivos.
Ha desarrollado su
filosofía como una “pragmática trascendental”, en la que logra una síntesis
entre la filosofía trascendental kantiana y algunos aspectos centrales de lo
que hoy se conoce como el “giro lingüístico hermenéutico – pragmático”.
Sobre esa base, y en constante colaboración (y, a la
vez controversia) con Jürgen Habermas, viene elaborando, desde hace tres
décadas, la “ética del discurso”, que ha adquirido notoriedad mundial.
En
la primera semana del pasado mes de septiembre visitó por cuarta vez nuestro país.
Dictó en Mar del Plata un cursillo sobre: “Etica del discurso y Globalización”,
invitado por la Facultad de Humanidades de la UNMDP (del 3 al 5 de septiembre).
Luego, dio conferencias en Buenos Aires (Centro Descartes), en Lanús (UNLa) y
en Rosario (invitado por la Asociación Argentina de Investigaciones Eticas y la
UCEL).
El
Prof. Dr. Ricardo Maliandi nació en La Plata, en el año 1930. Es egresado de
la UNLP como Prof. en Filosofía y de la Universidad de Maguncia (Alemania) como
Dr. en Filosofía. Profesor de Ética y otras asignaturas en varias
universidades del país y del exterior. En la UBA fue Profesor Titular de Etica
durante 25 años. Actualmente lo es en la UNMDP. Investigador del CONICET.
Presidente de la Asociación Argentina de Investigaciones Éticas. Miembro
Correspondiente de la Academia Nacional de Ciencias. Miembro Honorario de varias
instituciones, entre ellas la Asociación Argentina de Bioética.
Entre
sus principales libros cuentan: Cultura y
Conflicto; Transformación y Síntesis; Dejar la posmodernidad; Etica: conceptos
y problema; , Volver a la razón y La Ética Cuestionada.
Viene
desarrollando en sus investigaciones y publicaciones lo que denomina
una “ética convergente”, como variante de la “ética del
discurso”, con especial consideración de los problemas de la conflictividad.
(*)
La presente entrevista fue publicada en el Diario La Nación del 17/03/91, pero
había sido realizada durante la visita del Dr. Apel a la
República Argentina en noviembre de 1990.
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