Entrevista
con la Dra. Adela Cortina (*) Universidad de Valencia, España.
—
¿Cómo
ve usted los cambios en el concepto de ‘ciudadanía’ operados durante la última
década?
—
Creo que esta es una pregunta muy importante. El concepto de ciudadanía
puede que sea el más importante para el próximo milenio y, sobre todo, porque
durante el último tercio del siglo pasado parece que el concepto de ciudadanía
que se ha puesto sobre el tapete es el concepto de ciudadanía social, que es un
concepto muy importante porque dice que se considera ciudadano en una comunidad
política a aquel que ve protegido sus derechos civiles, políticos, económicos,
sociales y culturales. Realmente, creo que ciudadanos sociales han sido muy
pocos en este mundo pero, por lo menos, existía el concepto y se reconocía en
las constituciones. Lo que ocurre es que el concepto de ciudadano social llevaba
siempre aparejada la idea de pasividad. El ciudadano es alguien a quien se le
protegen los derechos, es quien recibe ciertas ayudas sociales pero no es
alguien que activamente hace su propia vida ni activamente asume
responsabilidades. Por eso, desde hace un tiempo a esta parte, se está hablando
de que es preciso pasar del tiempo de los derechos al tiempo de las
responsabilidades. Es decir, que la gente tiene que reivindicar derechos pero
también tiene que asumir responsabilidades sabiendo que no es posible proteger
los derechos (sobre todo sociales) de todos los ciudadanos si esos mismos
ciudadanos no asumen también sus responsabilidades en el conjunto. El gran
cambio, entonces, es el de pasar de una ciudadanía social pasiva a una ciudadanía
social activa y responsable. Lo que ocurre es que en estos momentos, justamente,
yo creo que incluso el concepto de ciudadanía social a secas está siendo muy
amenazado porque los estados del bienestar que hubo están retrocediendo, cada
vez triunfa más la idea neoliberal de la desregulación, de la desprotección,
y creo que por eso es todavía necesario que todos asuman sus responsabilidades
porque el concepto de ciudadanía social está verdaderamente amenazado y en
peligro; creo que lo que hay que hacer con él es: por una parte protegerlos
responsablemente y, además, sobre todo ampliarlo universalmente en un ámbito
cosmopolita. No puede ser que solamente determinados países respeten ese
concepto sino que tiene que ser una
cuestión universal.
—
A
lo largo de su conferencia, usted ha insistido en la idea de ‘bioética cívica
transnacional’. ¿Podría explicarnos a qué alude
este concepto?
—
La bioética, como nace en Estados Unidos y después va extendiéndose a
Europa y América Latina, tiene el riesgo (como todo en este mundo) de ser un
producto de importación. Muchas veces en nuestros propios países no entendemos
muy bien cuáles son las discusiones porque no son las nuestras, entonces parece
que estamos heredando un principialismo, unas discusiones que en América Latina
o en España no son corrientes entre las gentes, por lo cual no acabamos de
entender muy bien. En ese sentido, yo creo que el cosmopolitismo tiene que ser
siempre un cosmopolitismo “arraigado”, es decir, no el cosmopolitismo
abstracto que se pierde en la universalidad del ser humano, del género humano
sino que a de partir de cada una de las comunidades concretas, cada una de las
cuales tienen sus usos, sus costumbres (lo que hoy se llama suceso). Entonces,
ese cosmopolitismo “arraigado” nos obliga también a que la bioética debe
ser una bioética arraigada en los pueblos, en las costumbres, en su historia.
Desde cada pueblo es desde donde ha de hacerse. Cuando lo hacemos así, la
verdad que es lo que está resultando, nos damos
cuenta de que la humanidad ha ido aceptando o descubriendo unos elementos
mínimos de justicia que nos parece que son insoslayables. Yo he viajado mucho
por América Latina, vengo siempre muy a gusto, y en los diferentes países me
he encontrado que todo el mundo sintoniza perfectamente cuando se dice que hay
unos mínimos de justicia y todos entienden muy bien que la atención sanitaria
debe ser beneficente, no maleficente, debe tratar de respetar la autonomía y
sobre todo tiene que hacer una distribución justa de los recursos. Hay una
serie de elementos que la gente entiende rápidamente, por ejemplo, que la
asistencia debe ser de calidad, que todo el mundo debería de tenerla, que la
relación con el médico y con el personal de enfermería tiene que ser una
relación de constante confidencia y confianza porque ayuda en la curación, es
decir, entiendo que estos elementos comunes nos están dando la base de una
“bioética cívica trasnacional”. Entonces, tanto en la dimensión más
filosófica como en este terreno de la vida cotidiana en la que a través una
serie de elementos podemos darnos cuenta si
la investigación con embriones es respetable o no lo es.
En realidad todos utilizamos una terminología muy similar, vamos
encontrando elementos que nos parecen comunes, entonces, yo creo que la bioética
es una de las disciplinas que puede ayudar a mostrar cómo hay unos mínimos
transnacionales con los que vamos construyendo las bases de ese cosmopolitismo
—porque para construir algo hay que tener algo común, pero hay que
descubrirlo, no forzarlo—, descubrimos que hay bases comunes y que puede haber
discrepancias que a veces son de grupos religiosos o no religiosos, de ateos,
budistas, cristianos, etc., que están en todos los países y que no sólo es
respetable sino además promocionable, puesto que hacen ofertas de vida buena,
de vida feliz.
—
Desde
su perspectiva, ¿cómo explicaría la relación entre los derechos humanos de
la primera y segunda generación?
—
De estos derechos se suele decir que hay grandes diferencias entre ellos.
Los derechos de la primera generación se dice que son derechos negativos, es
decir, en lo que nos comprometemos o se comprometen los Estados es a defender
que no hay interferencia en la actividad de los individuos. Son derechos de
no-interferencia, a todo el mundo se le debe dejar que se exprese libremente,
que se forme su conciencia, etc. Estos derechos son de justicia, se deben dar a
todo el mundo y les corresponden lo que se llama deberes perfectos, es decir, es
necesario cumplirlos en todo tiempo, en todo lugar y sin excepción. En cambio,
los derechos económicos, sociales y culturales, que son los de segunda generación,
se dice que son derechos a los que corresponden deberes imperfectos porque son
positivos, es decir, se obliga al estado a gravar con impuestos, a intervenir en
la propiedad de las personas para tener un dinero suficiente como para la atención
sanitaria, para la educación, las prestaciones sociales, etc. Entonces se
entiende que el Estado se hace interventor,
no es el Estado de la no-interferencia, y entonces se dice que son una serie de
derechos de beneficencia más bien que de justicia. Hay que tener en cuenta los
recursos con los que se cuenta para la distribución. Yo creo que últimamente,
incluso del sector liberal, se está diciendo (acertadamente) que esas
diferencias no son tales, porque a fin de cuentas la protección que pertenece a
los derechos civiles, la protección que cualquier persona puede recibir también
cuesta dinero al Estado y también se puede decir que los recursos son
limitados. Por ejemplo en España, últimamente, con el caso de
ETA hay quien dice que cada español no puede llevar un guardaespaldas. Y
es verdad, pero entonces también es un deber positivo. ¿Hasta dónde la
protección?, ¿cuántos policías deberíamos tener cada uno? Estamos
exactamente en lo mismo. En todos los países, los procesos judiciales son muy
lentos porque hay mucho trabajo, porque se nombra poca gente, podría decirse
que puede agilizase nombrando más, pero estamos en lo mismo: siempre es cuánto
disponemos de recursos o estamos dispuestos a gastárnoslo. Entonces, el tema de
la distribución de recursos es igual en los dos tipos de derechos y, por otra
parte, yo creo que el gran avance en la humanidad ha sido el de darnos cuenta
que lo que en un tiempo era de beneficencia ahora es de justicia. El concepto
mismo de ciudadanía, del que hemos hablado antes, demuestra que es un deber de
justicia en una sociedad y en un Estado que pretende ser legítimo el satisfacer
no sólo los derechos de primera generación sino también los de segunda. Es un
deber de justicia mínima, con lo cual lo que en un tiempo fue beneficencia
ahora ya no es algo gracioso sino que es algo de justicia y que, como decíamos
antes, debe ser universalizable.
—
En
su conferencia, además, dijo que en la concepción de instituciones legítimas
se ha descuidado el “sentimiento de pertenencia” a una comunidad concreta.
¿Cómo relaciona este sentimiento de pertenencia con el ideal de justicia de
las instituciones sociales?
—
Ciertamente las instituciones sociales tienen que pretender ser justas, si no son ilegítimas. Decía J. Rawls, muy
acertadamente, que de la misma manera que los saberes científicos tienen que
pretender verdad (la consigan o no) las instituciones sociales tienen que
pretender justicia. Si luego se equivocan tienen que corregir, pero desde luego
tienen que pretender justicia porque si no son ilegítimas. Con respecto a la
idea de justicia se han elaborado teoría filosóficas muy acertadas. El
problema es que en muchas ocasiones se ha sentido que la idea de justicia es
excesivamente abstracta, procedimental, la gente la liga mucho con procesos,
procedimientos jurídicos que parecen una cuestión un tanto desencarnados. Por
eso un movimiento muy fuerte, el movimiento comunitario, desde el campo filosófico
ha dicho que es menester complementar la idea de justicia con la idea de
pertenencia a una comunidad concreta. La idea de pertenencia es muy
comprometida, quiere decir no solamente que alguien se siente perteneciente a
esa comunidad sino que es leal con ella, se hace responsable de ella. “No
solamente yo soy argentino, me siento argentino sino que me hago responsable de
las cosas que ocurren en la Argentina e intento ayudar para que los derechos de
todos se vean protegidos”. Es decir, pertenencia tiene la idea de soy de ese
lugar pero además soy leal a él y trato de hacerme responsable en él. Los
comunitarios dicen que realmente la idea de pertenencia es fundamental para una
persona y que no podemos hacer una serie de ideas abstractas de justicia.
Yo creo que tienen muchísima razón porque se ha descuidado en varias
ocasiones, desde un punto de vista ilustrado, el sentimiento de pertenencia. La
idea del cosmopolitismo a veces descuida que cada uno nace en un país y
realmente se siente de ese país, le tiene afecto, cariño y no te parece
oportuno cuando otros lo atacan así por las buenas. Tú puedes hablar mal de tu
país, pero no los demás. Entonces, yo creo que esos dos lados son realmente
interesantes, la unión de los dos lados, el de pertenencia y de justicia a lo
que obliga es —al que se siente perteneciente— a trabajar para que las
instituciones de su país sean justas. A fin de cuentas yo me siento española y
esa pertenencia me obliga también a intentar que
las instituciones de mi país sean justas, no a decir sencillamente: es
el país más hermoso del mundo. No, no, tiene que ser justo porque si no está
bajo mínimos de humanidad y eso no me gusta a mí para mi país, como no me
gustaría para mi madre ni para mi padre. Yo creo que es fundamental cuidar
ambos lados.
—
A
raíz de su definición de ciudadano como “aquél que no es esclavo, ni
siervo, sino que es su propio señor, su dueño, y un ser autónomo”. ¿En qué
consiste la ‘revolución de ciudadanos’ que usted mencionó?
—
Pues a que las gentes seguimos siendo tratadas como súbditos en todos
los ámbitos de la vida social, no sólo en el ámbito económico, en el que
desde luego somos súbditos, sino en el ámbito político, en el ámbito
universitario. Es decir, a fin de cuentas en los distintos ámbitos y cualquier
persona que se acerca a una institución o a un comercio se siente tratado como
un súbdito o como un vasallo. Esto ya tiene que ser superado y la ‘revolución
de los ciudadanos’ significa que las gentes tenemos que reclamar, pues, en las
empresas o en los comercios que se nos den productos de calidad, en las
universidades que se nos dé una enseñanza de calidad y a los que son alumnos
que se les trate con todo el respeto que merecen como personas, a quien va a un
juzgado que no se le trate como a un ser infecto sino que efectivamente se le
trate como a un ciudadano que es su propio señor y al que hay que tratar de
igual a igual como mínimo. En el ámbito de
la política, por ejemplo, los políticos suelen considerar a sus
ciudadanos como súbditos, vasallos o poco menos. No, no. Tienen que
considerarles como los ciudadanos que son y por los que ellos existen. En todos
los ámbitos yo creo que tiene que ir produciéndose esa ‘revolución
ciudadana’. Y en ese sentido pienso que el papel de denuncia es importante.
Cuando se ve que hay empresas que estafan o que no actúan prudentemente, yo
creo que hay que denunciarlo; cuando los políticos son corruptos y no trabajan
por el pueblo y lo maltratan, hay que denunciarlo. Cuando quien tiene un poco de
poder trata al otro como si fuera un súbdito o un vasallo, creo que hay que
denunciarlo y recordarle que todos somos ciudadanos y que somos nuestros propios
señores. Vamos a hacer la vida unos con otros, por supuesto, pero tenemos que
ser tratados como nos merecemos.
—
Respecto
de su afirmación sobre la imperiosa necesidad de universalizar el concepto de
ciudadanía. ¿Por dónde cree usted que debería empezarse para alcanzar el
ideal tan mentado de que todos los ciudadanos sean reconocidos como tales?
—
Pues habría que empezar por muchas bandas. Por una parte por los
organismos oficiales existentes (que hay tantos en el nivel internacional,
mundial), y creo que habría que recordarles constantemente que están,
precisamente, para fomentar esa idea de ciudadanía. A fin de cuentas, la
existencia de organismos mundiales está para fundamentar esa idea de ciudadanía,
de que todos aquellos que están bajo sus organismos son ciudadanos del mundo y
que tienen que ser tratados así. Creo que en este momento hay algo que es muy
importante —que no la mencioné en la conferencia— y es el promocionar las
redes de asociaciones civiles. Se dice, y hay estudios muy interesantes al
respecto, que hay un capital fundamental en las naciones que es el capital
social. Un país es tanto más fuerte cuanto más redes de asociaciones tiene,
cuanto menos deja que haya únicamente individuos
de estado. Esas redes asociativas son fundamentales para hacer un tejido social
fuerte que pueda tener capacidad reivindicativa. El gran fracaso de la Unión
Soviética —entre otros muchos— fue que destruyó todas las asociaciones
intermedias y los individuos se encontraban impotentes frente al Estado. La
fuerza de las asociaciones es que no permiten que haya estados absolutos,
arbitrarios, no dejan desprotegido al individuo. Creo que es muy importante que
nos acostumbremos a asociarnos, a hacer redes civiles que pueden ser
organizaciones cívicas de solidaridad o asociaciones de bioética o de ética;
asociaciones de lo que se quiera, pero que tienen un interés que va más allá
del interés egoísta o del interés gremial. Esa trama asociativa, ese capital
social de las naciones, es muy importante para ir creando ciudadanos, es la más
indispensable de la ciudadanía, y yo creo que hay que potenciarlas. Por eso
creo que es importante alentar asociaciones como la de bioética y ver si se van
extendiendo universalmente.
—
Para
finalizar, ¿qué libro recomendaría en el campo de la bioética?
—
De los libros de bioética que hay en este momento en el mercado yo
siempre recomendaría el libro “Fundamentos de Bioética”, de Diego Gracia.
—
¿Cuáles
son sus referentes filosóficos?
— Esto es muy complicado. Yo soy totalmente kantiana y en los últimos tiempos he trabajado con Apel en el ámbito de la ética del discurso. También es verdad que he tenido muy buena amistad con José Luis Aranguren. Pero, dentro de la línea filosófica yo soy más kantiana y partidaria de la ética del discurso que la línea de Aranguren que, por supuesto, también me parece fundamental y que considero que hay que recordar enormemente, al igual que toda la línea de Zubiri. Yo creo que hay que complementar las dos, Zubiri—Aranguren con Kant – Apel. Creo que esta es una mezcla perfecta.
por
Lynette Hooft
(*)
La
Dra.
Adela
Cortina,
filósofa, es Catedrática de la Universidad de Valencia, España, y una de las
figuras más destacadas del pensamiento filosófico del mundo de habla hispana.
Dentro de sus numerosas obras, relacionadas con temas de ética filosófica,
cabe mencionar: “Ética
Mínima”,
“Ética
sin moral”,
y más recientemente “Ciudadanos
del mundo”
donde desarrolla una profunda visión acerca de la denominada “ciudadanía social”.
Cabe
señalar que esta entrevista fue realizada en ocasión de participar la Dra.
Adela Cortina, en carácter de Conferencista Invitada, en las VI Jornadas
Argentinas y Latinoamericanas de Bioética, realizadas en la ciudad de La Plata,
del 5 al 7 de noviembre de 2000, organizadas por la Asociación Argentina de Bioética
y el Instituto de Bioética de la Fundación Dr. José María Mainetti.
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