“Las
relaciones peligrosas: la medicina y el complejo médico industrial”(*)
Jorge Luis
Manzini(**)
El tema que abordaré
es el de la influencia indebida que la industria de medicamentos y
tecnología médica ejerce sobre los médicos, intentando condicionar sus
decisiones de manera que signifiquen mayores ganancias para ella.
Escribí acerca de
esto por primera vez en 1986, y fue para la Asociación de Geriatría y
Gerontología de Mar del Plata; en un trabajo de difusión que llamé “Magia y
Geriatría”, que nunca se publicó, advertía
a la gente: “sepa que los laboratorios de especialidades medicinales son
empresas comerciales. Su objetivo –su objeto- es ganar dinero”... Una década
después, en el programa televisivo “Tema Pendiente” con el periodista
Daniel Della Torre, por Canal 2 de Mar del Plata, hablando de “Los Derechos de
los Pacientes”, expuse algunas de las cosas que voy a mencionar aquí.
Mi insistencia se debe a que no veo que
mis colegas, al menos la mayoría,
esté al tanto de esto ni le preocupe, lo cual, según se comenta en la
literatura, parece ser lo habitual
en todas partes. Y me propongo demostrar que, si bien hay también médicos
indecentes, cuyos tratos con la industria son totalmente conscientes y
consentidos, la mayoría, ustedes y yo, somos fascinados, seducidos y, en suma, manipulados,
por acciones que no detectamos ni podemos impedir.
Las acciones manipulativas a que me
refiero han sido extensamente estudiadas y forman parte del “modus operandi”
empresarial habitual, dentro de lo que se llama “marketing”; la mayoría de
ellas son sutiles, están inspiradas en los conocimientos de la psicología
profunda y apuntan por tanto al
inconsciente. Es el mensaje subliminal, del mismo tipo que denunciara ya
hace mucho Vance Packard en su libro “Las formas ocultas de la propaganda”
donde explicaba como se promueve el consumo, y que provocara mucho revuelo en el
ámbito de la publicidad[1].
Lo particular es que en este caso están en juego particularmente, la salud y la
vida de las personas, y que el que compra no es el que elige (mercado
imperfecto, se dice).
Por eso, no pasa de ser una manifestación
de ingenuidad la respuesta habitual de los médicos, aquí y en todo el mundo,
afirmando que no se dejan influir por los regalos, atenciones y demás acciones
“fraternales” de los agentes de las empresas.
Los esfuerzos de manipulación son
permanentes y a todo nivel, y se inician con los estudiantes de medicina y los
residentes[2],
acompañando al médico como su propia sombra, en todo su accionar profesional,
a nivel individual e institucional[3].
Hay formas de estas actividades que son más conocidas y otras
no tanto:
Diría que la más
notoria es la acción directa de los agentes de propaganda sobre los médicos,
entrevistándolos en su lugar de trabajo. Este año, a raíz de la ofensiva del
Ministerio nacional de Salud para la prescripción por nombre genérico,
se ha hecho de conocimiento público la lucha sin cuartel
entre las distintas empresas farmacéuticas, compitiendo por el “botín
de guerra”, que somos los médicos, y el
altísimo porcentaje de ganancia que tienen sobre los costos, ganancias
injustificadas que también obtienen las droguerías[4].
Otro aspecto del asunto que es bastante conocido en los ambientes
profesionales es el rol de las compañías en la investigación de nuevos métodos
diagnósticos y
terapéuticos, con toda la distorsión que implica aplicar la ética de
los negocios a una actividad de bien público.
Hay otros dos que no son tan visibles, y
cierran el círculo hasta tal punto que, después de estudiarlo, uno se siente
un poco como una marioneta manejada por quien no debiera: la ingerencia de la
industria en la educación de los médicos, sobre todo la de posgrado, y en la
redacción de las “guías de buena práctica”
que, bajo el patrocinio de sociedades científicas, nos orientan en el
manejo de problemas clínicos frecuentes.
Sobre estos últimos dos es pues, que me
detendré un poco más, luego de señalar muy rápidamente la evidencia
existente sobre lo que estoy afirmando, y de dar una idea acerca de la magnitud
de los fenómenos de los que estoy
hablando.
Quiero aclarar que
no pretendo demonizar a nadie ni separar en forma maniquea a los buenos y a los
malos. Tampoco estoy atravesando un período especialmente intenso de paranoia,
sino que todo lo que afirmo se basa en referencias de organizaciones y personas
muy respetadas, como la OMS, Médicos sin Fronteras, la Asociación Médica y el
Colegio de Médicos de los EE.UU (American
Medical Association, American
College of Physicians), Marcia Angell, Edmund Pellegrino, Richard Nicholson,
etc. La bioética nos exige desnudar la verdad, llamar a cada uno por su nombre,
para que los usuarios sepan a qué atenerse, de acuerdo a las exigencias del
principio de autonomía.
Otra aclaración es
que estas referencias son sobre todo de EE.UU. y Europa, porque me resulta muy
difícil encontrar de nuestro medio. De todos modos, no creo que esto reduzca la
aplicabilidad de los datos a nuestro país. Como ocurriera en casi toda Latinoamérica,
hemos importado acríticamente la información, usos y costumbres procedentes
del Norte y, sobre todo desde 1993 en lo referente a salud, siguiendo las
directivas del Banco Mundial y otras instituciones internacionales[5].
Los datos se
refieren sobre todo a la industria farmacéutica, que es sobre lo que más se
escribe, pero lo mismo se aplica en líneas generales a la industria de
elementos y tecnología médica. Todo este conjunto es llamado en la literatura
en español, “complejo médico industrial”.
Yendo más a fondo:
La industria farmacéutica es una de las más
rentables en el mundo de hoy[6],
disputando el primer lugar con los bancos y otras entidades financieras y la
industria petrolera extractiva[7].
Su facturación estimada para el año 2002 es de U$S 406.000 millones[8].
En su mayoría se trata de sociedades anónimas, por acciones. Se sabe que si
los directivos de las empresas no defienden bien ese dinero o no lo hacen
producir en forma atractiva, el mismo pasa rápidamente a otras compañías o a
otros rubros más rentables[9].
Es decir, éste es
un negocio como cualquier otro, y el barniz humanitario que se le pudo atribuir
en algún momento, o del que las compañías presumen a veces, es también puro
“marketing”.
La mayoría de los médicos creen
sinceramente que la propaganda de las compañías no influye sobre sus decisiones[10],
pero las investigaciones sociológicas muestran una relación directa entre el
hecho de recibir beneficios y la elección prioritaria de los productos a
utilizar. “Cultura tras cultura, recibir regalos provoca una sensación muy
fuerte de obligación de retribuirlos de algún modo”. “Un tercio de
las muestras recibidas son utilizadas por algún integrante de la familia del médico”.
“Si el médico inicia un
tratamiento con una ‘muestra gratis’ tiende a proseguirlo con la misma marca”[11].
En particular, una de las
acciones que la industria impulsa permanentemente, de las más nefastas por sus
resultados, vistos desde la medicina, es la llamada de “expansión de
mercado”.
Respecto de esto diré primero que
ciertas modificaciones
ocurridas en los últimos años, de corrimiento hacia abajo de los “máximos
aceptables” siempre me resultaron sospechosas. Me explico:
El colesterol total aceptable bajó de 250
mg/dl a 200, y luego dejamos de hablar del colesterol total para hablar del
“LDL”, cuyos niveles
aceptables se fueron particularizando, y agregando nuevos grupos a los que se
les exige el nivel más bajo, de 100, dicho sea de paso, muy difícil de
alcanzar. Desde el año pasado engrosaron el grupo de “menos de 100” los que
tienen aterosclerosis carotídea o periférica,
o aneurisma de aorta, y los diabéticos[12].
Y les recuerdo que ahora se es diabético con glucemias de sólo 126 mg/dl, y no
con 140, como antes[13].
¿Qué decir de la
HTA? Antes, 140-90 era
“normal”, y en el anciano se aceptaba que fuera más alta. Ahora, para nadie
más de 140-90, sino menos, porque 140-90 es HTA leve, y para muchos, p. ej. los
que tienen dañada la función renal y los diabéticos, se recomienda menos de
130-80[14].
Dejando de lado a los “máximos normales
que bajaron”, algo sobre los “screenings”: la indicación del
“screening” para el cáncer de próstata ha motivado muchos enfrentamientos
con los urólogos, aquí y en todo el mundo, si bien la recomendación bioética
de desaconsejarlo por falta de evidencia que lo apoye, está empezando a ser
tomada en cuenta[15].
Y el “screening” de cáncer de mama con mamografía, saben ustedes, está en
entredicho en este momento[16].
Conozco las razones científicas que se
esgrimen para justificar estas pautas y acciones médicas y de salud pública, y
no me consta que detrás de ellas se escondan intereses comerciales. Debo
agregar sin embargo que, al menos para el descenso del umbral para el diagnóstico
de la diabetes, acaba de publicarse un trabajo en el Annals of Internal
Medicine que afirma que no hay evidencia científica que avale tal cambio[17].
Y lo cierto es que, si miro todo esto
desde el punto de vista de los proveedores de medicamentos y tecnología,
significan un mercado motivado, cautivo y en expansión.
Sí tengo datos, de Australia, sobre otras
acciones del mismo tipo, referidas al tratamiento de la alopecia androgenética,
la osteoporosis y la disfunción sexual masculina, demostrando
que responden a los intereses de la industria. Las compañías
las desarrollan dirigiéndose al público interesado mediante fuertes
campañas de prensa alarmistas deformando la información, manipulando al mundo
científico médico, y hasta a las asociaciones de consumidores de ese potencial
tratamiento.
La información acerca de cómo proceden
no es inaccesible: en una “guía práctica” publicada por la revista británica Pharmaceutical marketing el año
pasado se enfatiza que en el período de prelanzamiento de un producto se debe
lograr “instaurar la necesidad” del nuevo medicamento y “crear”...
[entre los profesionales].. .”el deseo” de prescribirlo[18].
La industria farmacéutica en su conjunto
invierte en promocionar sus productos a los profesionales, entre U$S
8.000 y 13.000 anuales por cada médico[19].
Desde hace mucho, cuando un
‘visitador’ pretendía enseñarme farmacología explicándome cómo
funcionaba su nuevo producto, yo lo frenaba con cierta presunción, diciéndole
algo como “yo aprendo farmacología en las publicaciones científicas..”
Actualmente no estoy muy seguro de la diferencia, como paso a explicar:
Considerando un poco
más el aspecto de la investigación, empezaré diciendo que mientras hace unos
años la investigación clínica se originaba en los ambientes académicos o era
impulsada por organismos estatales, en
la actualidad, la investigación impulsada por la industria implica el 70% de
esta actividad en los EE.UU. Y esto no es todo, porque también mucha de la investigación “académica”
está en realidad subvencionada por la industria[20].
Esto implica que es la industria la que
elige qué se va a investigar, quién lo hará y dónde.
El diseño de las
investigaciones y sus salvaguardas
éticas están redactados por expertos de la industria. Ésta es también la que
decide cuándo se publicarán, cuáles resultados.
Lo anteriormente
mencionado determina los vicios de estas investigaciones, vistas desde la
ciencia:
la pertinencia
de la investigación (sin la cual ninguna investigación sobre seres humanos
puede ser considerada éticamente aceptable), no significa ya que implique una
potencial mejora para la humanidad sino más bien, que el estudio dará rédito
económico a la empresa. Los diseños suelen tener defectos que
los hacen también inaceptables desde la ética, como muestra la experiencia de
cualquier Comité de Ética de la Investigación. La selección de lo que
se publicará y el tiempo en que se hará, lleva a sesgos que en general
favorecen al producto de la compañía más allá de lo científicamente
demostrable[21].
Pondré para este aspecto del tema el
ejemplo de las enfermedades parasitarias tropicales, como el paludismo, las
leishmaniasis, tripanosomiasis y filariasis, la esquistosomiasis, y la lepra y
la tuberculosis, especialmente devastadoras en los países pobres. A pesar de
grandes avances en el conocimiento de la fisiopatología de estas
enfermedades y de la biología molecular de los agentes, no ha habido desarrollo
importante de fármacos más eficaces para su tratamiento, por la escasa inversión
en el área. De 1393 drogas desarrolladas en el mundo entre 1975 y 1999, sólo
13 son para estos parásitos, y 3 tuberculocidas. La razón, según las propias
compañías aducen, es la falta de rentabilidad esperable de esas inversiones[22]. Y lo mismo puede decirse
de las enfermedades que son poco frecuentes.
También recordaré que toda la campaña
por la suavización del rigor del
Art. 29 de la Declaración de Helsinki en su versión
del año 2000, liderada por EE.UU.[23],
fue en realidad impulsada por las compañías, porque probar los nuevos
productos contra otros existentes “les requiere más tiempo
y dinero” que demostrar su eficacia contra placebos[24].
Yendo ahora al tema de la Educación Médica
de Posgrado:
La participación de la industria en este
asunto ha ido ”in crescendo” progresivamente, y el problema es que, más allá
de los cursos llamados “de actualización”,
patrocinados abiertamente por la industria, donde uno sabe
que va a escuchar promoción, esta
promoción está oculta y disfrazada de seriedad en los cursos ofrecidos por las
sociedades científicas y los entes académicos.
Esta actividad recibe cada vez más y más
apoyo financiero de las compañías, que de este modo han reclamado el derecho
de integrar los cuerpos docentes que
preparan los cursos, llegando a proponer, no sólo temas y conferenciantes, sino
también los contenidos. La penetración ha alcanzado en los EE.UU. al
Consejo de Acreditación en Educación Médica
Continua (Accreditation Council on Continuing Medical Education)[25].
En palabras de representantes
de la industria en estos programas educativos “...la educación médica es
un poderoso instrumento que puede
llevar su mensaje a la gente apropiada y lograr que esa gente realice acciones
que beneficien su producto..”, “es poner a la ciencia de la medicina a
trabajar para Ud. Preparar y construir el mercado a través de la educación médica”...”es
un negocio que nunca pierde de vista el valor estratégico de sus programas para
mejorar la imagen de la corporación en los clientes y para estrechar
lazos...”
[26]...
A confesión de parte, relevo
de pruebas.
Finalmente, las
Guías (Guidelines) de Buena Práctica Clínica (Good Clinical
Practice):
Éstas suelen ser
producto de “conferencias de consenso”, reuniones de determinadas
sociedades científicas, etc., y
orientan las decisiones de muchos médicos frente a sus pacientes. De ahí la
mayor responsabilidad ética que implica para sus redactores.
Habitualmente se refieren a
problemas de salud frecuentes, a posiciones controvertidas o a asuntos sobre los
que haya habido novedades importantes.
Pues bien, también han sido
permeadas por los intereses de la industria:
Un estudio de campo pudo recoger datos
sobre 37 “guías” norteamericanas y europeas acerca de HTA, neumonía, EPOC
y asma, diabetes, etc. El 90% de sus redactores había recibido beneficios económicos
del “complejo médico industrial”, la mayoría desde antes de
haber redactado la “guía”, y 59% los recibe en forma conspicua y no
ocasional de los fabricantes de productos recomendados en esa “guía”. Sin
embargo, como pasa en cuanto a los otros puntos de contacto,
sólo el 7% de los autores cree que sus recomendaciones han sido
influidas por esas relaciones[27].
O sea que si uno
quiere actualizar un tema, no puede confiar en las conclusiones de los trabajos
que se publican, ni en lo que le recomiendan las guías de práctica clínica,
ni en lo que le enseñen en un curso de actualización, por más serio, académico
e independiente que luzca...
¿Qué hacer, ante este
abrumador panorama?
Para cada uno de
los problemas mencionados, la bibliografía que he consultado
contempla posibles soluciones, que apuntan al desvelamiento del problema,
a las regulaciones desde la ética médica, las organizaciones internacionales
como la OMS, la CIOMS (Council of International Organizations of Medical
Sciences), la Asociación Médica Mundial,
el marco legal, etc. Estas serían soluciones institucionales, que creo
apropiado tener en cuenta en el marco de una Jornada organizada por nuestro
Colegio de Médicos.
Pero también son importantes
las acciones individuales, las de cada uno de nosotros en tanto ciudadanos y médicos.
Primero tengamos en claro que
la medicina y el complejo médico industrial tienen objetos (objetivos), métodos,
principios y obligaciones diferentes:
La medicina es una práctica social de
base científica, cuyo objeto es el bien del paciente individual
y el progreso de la salud pública. Utiliza el método científico, pero
también tiene algo que interactúa con ‘la ciencia’,
llamado ‘el arte’, mezcla de humanismo, decencia y experiencia, para
poner al servicio de un paciente particular los conocimientos generales que le
brinda la ciencia. También tiene altos
estándares éticos, desarrollados desde los hipocráticos hace unos 2400 años,
que se pueden resumir en que no se debe hacer daño al paciente sino
tratar de beneficiarlo, respetándolo como persona, y teniendo en cuenta
los intereses de la sociedad como un todo.
La industria (cualquier
industria) por su parte, tiene como objeto ganar dinero, y sus métodos y su ética
son las de los negocios. En cuanto a sus obligaciones, los directivos se deben a
sus accionistas.
Nuestros puntos en común se
reducen al hecho de que nos dirigimos al mismo público, los pacientes, que
vienen a ser la ‘víctima’ de la historia
cuyo nombre tomé para el título de mi charla, “Las relaciones
peligrosas”. Ustedes verán a quién le cabe el rol de Valmont y a quién
el de Madame de Merteuil.
Tener un alto índice de
sospecha en cuanto a los intereses que pueden estar moviéndose atrás de toda
pretendida innovación, aprender a analizar los trabajos científicos, buscar la
evidencia que sustente todo cambio de una conducta establecida, y tratar de no
ser cómplices por acción u omisión, son cosas que cada uno de nosotros
podemos y deberíamos hacer.
Muchas gracias

(*) Disertación
en las III Jornadas de Bioética del Consejo Superior del Colegio de Médicos
de la Provincia de Buenos Aires, Bahía Blanca, 4/10/02
(**) Médico. Especialista Universitario en Bioética. Hospital Privado de Comunidad y Universidad Nacional de Mar del Plata
[1] Packard V. Las formas ocultas de la propaganda . Publicado originalmente
como The Hidden Persuaders, New York: David McKay Co., 1957
[2]
American College of Physicians – American
Society of Internal Medicine. Physician-Industry
Relations. Part 1: Individual Physicians- Part 2: Organizational Issues
(Position Paper). Ann Intern Med 2002;136:396-406
[3] Pellegrino ED, Relman AS. Professional
Medical Associations,
Ethical and Practical Guidelines.
JAMA
1999;282:984-6
[4] El costo de los medicamentos es sólo el 15% de su precio de venta. Ver La Nación Bs. As.8/8/02, Insert (Espacio de Publicidad del Ministerio nacional de Salud), p. 1.
El costo de los medicamentos para sida sólo
un 3% del mismo. Sachs J. Las patentes y los pobres. El derecho de
propiedad frente al derecho a la salud. La Nación Bs. As. 7/5/01, p.
17.
En las listas que los visitadores han acercado a mi consultorio para promocionar los descuentos que los laboratorios han efectuado últimamente se puede ver que el “precio de venta al público” es un 60-85 % superior al “precio a droguería”
[5]
Stocker K, Watzkin H, Iriart C. The Exportation of
Managed Care to Latin America. NEJM 1999;340:1131-6,
y comentario editorial de
Pérez Stable EJ. Managed
Care Arrives in Latin America
en p.1111-2
[6]
Trouiller P, Olliaro P, Torreele E, Orbinski J, Laing R, Ford N. Drug
development for neglected diseases: a deficient market and a public-health
policy failure. The Lancet 2002;359:2188-94
[7] Top performing Companies and Industries. http://www. fortune.com, consultada 28/8/02
[8] Ver La Nación Bs. As.8/8/02, Insert (Espacio de Publicidad del Ministerio nacional de Salud) Op. Cit. en nota 4
[9]
Tenery RM. Interactions Between Physicians and
the Health Care Technology Industry. JAMA 2000; 283:391-3
[10]
Wazana A. Physicians and the Pharmaceutical Industry. Is a Gift Ever Just a
Gift?. JAMA 2000;283:373-80
[11] American College of Physicians – American Society of Internal Medicine Op. Cit. en nota 2
[12] Expert Panel on Detection, Evaluation and Treatment of High Blood Cholesterol in Adults. Executive Summary of the Third Report of the National Cholesterol Education Program (NECP) Expert Panel on Detection, Evaluation and Treatment of High Blood Cholesterol in Adults (Adult Treatment Panel III). JAMA 2001;285:2486-97
[13] Sherwin RS. Diabetes
Mellitus. En Goldman L
and Claude Bennett
J [Editors]. Cecil Textbook of Internal Medicine 21th Ed.
Philadelphia: W B Saunders Co; 2000. p. 1264
[14]
Joint National Committee on Prevention, Detection, Evaluation and Treatment
of High blood Pressure (JNC VI). Arch Intern Med 1997;157:2413
[15] Yamey G, Wilkes M. The PSA storm: Questioning cancer screening can be a risky business in America. BMJ 2002;324:431- Comité de Ética, Hospital Privado de Comunidad de Mar del Plata. Problemas éticos en el dosaje del Antígeno Prostático Específico en pacientes asintomáticos. Editado en www.aabioetica.org.ar Aceptado para publicación por la Revista Argentina de Medicina (RAM), de la Sociedad Argentina de Medicina (SAM), en febrero de 2002
[16]
Charatan F. US panel finds insufficient evidence to support mammography. BMJ
2002;324:255
[17]
Graham Barr R, Nathan DM, Meigs JB, Singer DE. Tests of Glycemia for the
Diagnosis of Type 2 Diabetes Mellitus. Ann Intern Med.
2002;137:263-72
[18]
Moynihan R, Heath I, Henry D. Selling sickness: the pharmaceutical industry
and disease mongering. BMJ 2002;324:886-890.
Y en el mismo número, de
Gøtzche PC. Medicalisation
of risk factors. p. 890-1. [Commentary]
[19] Wazana A. Op. Cit. en nota 10
[20]
Korn D. Conflicts of Interests in Biomedical Research. JAMA 2000;284:2234-7
[21]
Hellman S, Hellman DS. Of Mice but not Men. Problems of the Randomized
Clinical Trial. NEJM 1991;324:1585-9 – Passamani E. Clinical
Trials. Are they Ethical?. NEJM 1991;324:1589-91 – Rothman KJ,
Michels KB. The Continuing Unethical Use of Placebo Controls. NEJM
1994;331:394-8 - Rosenberg SA.
Secrecy in Medical Research. NEJM 1996;334:392-4 – Rothman KJ,
Michels KB, Baum M. Declaration of Helsinki must be strengthened. [For and
Against] BMJ 2000;321:442-5 – Bodenheimer T. Uneasy Alliance.
Clinical Investigators and the Pharmaceutical Industry. NEJM
2000;342:1539-44, con Editorial de Marcia Angell : The Pharmaceutical
Industry – to whom is it accountable? NEJM 2000;342:1902-4 –
Montaner JSG, O’Shaughnessy V, Schechter MT. Industry – sponsored
clinical research: a double-edged sword. The Lancet
2001;358:1893-95 – La OMS alerta contra los intereses
comerciales que falsean los ensayos de nuevos medicamentos. Propuesta
de normas internacionales para asegurar la independencia de los
investigadores. Aceprensa
30/1/02 – Lewis JA, Jonsson B, Kreutz G, Sampaio C, van Zwieten-Boot B.
Placebo-controlled trials and the Declaration of Helsinki. The Lancet
2002;359:1337-40
[22] Trouiller P, Olliaro P, Torreele E, Orbinski J, Laing R, Ford N. Op. Cit. en nota 6
[23]
Manzini JL. Recientes Modificaciones
a la Declaración de
Helsinki. Revista del Hospital Privado de Comunidad de Mar del Plata,
2001,4 (1-2):98-102 [aparecida en marzo de 2002, en versión electrónica,
www.hpc.org.ar/docencia/revista]
[24] Nicholson RH. The Monopoly Stage of Capitalism. Hastings Center
Report 2001;31(3):8
[25]
Relman AS. Separating Continuing Medical Education
from Pharmaceutical Marketing.
JAMA 2001;285:2009-12 - Davies
P. Industry funding in medical education [carta]. The Lancet 2002;359:1949-50.
[26]
Reporte de Public Citizen’s Health Research Group,
July 19, 2000, citado en
Relman AS, Op. Cit. en nota 24
[27]
Choudhry NK, Stelfox HT, Detsky AS. Relationships between authors of
clinical practice guidelines and the pharmaceutical industry. JAMA 2002;287:612-7 - Warlow C. Who
pays the guideline writers? [Commentary].
BMJ 2002; 324:726-7
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